El tiempo es sangre

Posted: June 27, 2012 by jennroig in Articles, Spanish
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(Febrero, 2009)

Dulce es la guerra para quienes no la han vivido

Erasmo de Rotterdam

«Un día después de la guerra, si después de la guerra existe un día, te tomaré en mis brazos y te haré el amor…»

Quizás era febrero cuando John Lennon garabateaba sus versos en una hoja en blanco, apoyado en el piso, en la cama o en sus muslos, de noche, en su cuarto de Nueva York. O probablemente fuera cualquier otro mes del año. Pero es agradable imaginar que ocurrió en la bruma de febrero, porque febrero tiene esas cosas. Tal vez Yoko dormía desnuda a su lado, o desnuda, jugaba a tocar la guitarra. «Si después de la guerra tengo brazos. Si después de la guerra existe amor…»

Ahora mismo, en las capitales más grandes del mundo, las tiendas son escenario de cruzadas verdaderamente épicas por incrementar el superávit de ventas. La publicidad inunda las calles, los anuncios aluden al amor, a la pareja, al romance, a los príncipes y princesas azules, irreales, con los que siempre desean que soñemos.

Febrero inevitablemente llega al 14 y por eso no quiere saber de más nada. En febrero se pierde la memoria. Lennon debió ser un genio, o sencillamente un hombre que amaba, para recordar que el amor y el horror de la guerra en ocasiones van muy juntos de la mano.

A 66 años…

En Volgogrado transcurre el invierno. En lo profundo de Rusia, cerca del Cáucaso, junto al Mar Caspio y sorteada por el Volga, la ciudad se alza sobre los cimientos de otra, destruida hace más de seis décadas. Los habitantes conmemoran el 2 de febrero la victoria del Ejército Ruso –otrora Rojo– sobre las fuerzas alemanas en una de las contiendas cruciales de la II Guerra Mundial, la Batalla de Stalingrado. Volgogrado era Stalingrado, la favorita del patriarca gobernante que la bautizó con su nombre, la obsesión enloquecida de Hitler, quien no pudo con el revés. Hoy, entre la población, quedan pocos sobrevivientes que recuerden aquellos meses de masacres: entre junio de 1942 y febrero de 1943, la guerra mató entre 1.640.000 y 1.800.000 personas, entre civiles y soldados de ambos bandos; Stalingrado perdió a 40 mil de sus hijos sólo en la primera semana de bombardeos.

Antes de la perestroika, cuando los pioneritos eran soviéticos más que rusos, se hacían matutinos escolares para rememorar el significado de tal fecha. Aniushka era uno de ellos. Se repetía mentalmente, hasta el cansancio, el fragmento que le correspondía recitar como cierre: «Stalin prohibió a los civiles abandonar la ciudad para alentar a todo el pueblo soviético con la valentía de los habitantes. La Alemania nazi perdería el 2 de febrero de 1943 la ofensiva. El curso de su desastre se mantendría hasta la entrada final de los Aliados en Berlín. Stalingrado fue escenario de la batalla más sangrienta de la Historia». Ahora, ya adulta, no oye tanto hablar de sus muertos: más de un millón entre niños, ancianos, mujeres y hombres; aproximadamente 750 mil entre las filas de las tropas soviéticas. Aniushka, de vez en cuando, lleva flores a la tumba de su abuelo Iván.

Transcurría el invierno. Febrero de 1943 recuperaba el silencio de las noches, luego de tantas pasadas bajo el tronar de los misiles. Los habitantes no notaron cuándo acabó el año viejo y comenzó el nuevo; no hubo fiestas, concentrados en contar las pérdidas humanas que sumaban cientos de miles. Aún se rescataban cuerpos atrapados entre las ruinas. El aire se viciaba de tanto cadáver en descomposición. Aniushka no había nacido, lo que sabe es por su abuelo Iván, quien le contó cómo trabajaba él día y noche y en los breves ratos libres, traía los mendrugos de pan para compartirlos con su hijo. Su esposa resultó asesinada en octubre, de un disparo en la cabeza. Una de las cuatro mil bajas diarias. Antes de la contraofensiva soviética, los comandantes del Ejército Rojo repetían la frase que se volvería dolorosamente su insignia: «el tiempo es sangre». Iván le relató a Aniushka la guerra, el terror de las noches sin dormir, el ansia desesperada por sobrevivir un día más, por querer seguir vivo a pesar de la destrucción, el hambre y el terror.

Aniushka recuerda. De todas las anécdotas, una la persigue a través de los años y las mudanzas de casa y régimen, como si ella misma hubiera sido testigo. Iván le narró muchas historias: le habló de los muertos que aparecieron hinchados en el mar Caspio, arrastrados por el curso del Volga; de cómo lloró al ver que los soldados soviéticos disparaban sobre un amigo, quien no resistió el diluvio de balas y bombas y corrió hacia las trincheras enemigas para rendirse; de la atmósfera pútrida, maloliente a cuerpo insepulto; del infierno de los últimos días del sitio a la ciudad, cuando se volcaba sobre ellos toda la munición germana y él casi queda sordo de tantas explosiones de stukas y katiuskas; de la carnicería que resultó de todos los reclutas, jovencitos, casi niños, que el Comandante Chuikov lanzó a mansalva para desarticular las trincheras alemanas; de la desnutrición, la disentería, la sangre, el dolor insoportable. Pero más que eso, Aniushka quisiera borrar de su memoria los sótanos del Univermag.

El 31 de enero del ‘43, Iván integraba una comitiva de obreros a cargo de los pertrechos a la retaguardia de las tropas soviéticas. Ese día el Mariscal de Campo germano Friedrich Paulus depuso armas de unos 90 mil efectivos, de 250 mil que eran en junio. Pasaba a la historia como el primer mariscal alemán que capitulaba. La mañana era fría, temprano condujeron a Iván y los otros a las cercanías del Univermag. Con sus ojos vio un muro de más de dos metros que impedía ver la entrada del edificio; los bloques de la barricada eran cuerpos congelados de alemanes. Desde el 28 de enero Paulus se había ubicado con su exangüe ejército en los sótanos del lugar. Hacinados, agonizaban más de tres mil heridos; los más graves, fueron sacados para que murieran de frío. Protegidos de la mirilla contraria por la misma trinchera de muertos, Iván y los otros palearon la nieve para facilitar el acceso a un tanque que exigió la rendición de Paulus. Tras la rendición, Iván vio entrar a las tropas soviéticas. Los soldados remataron a los heridos alemanes, uno a uno. Iván tuvo que volver a palear, esta vez sobre los cadáveres, para cubrir la fosa común.

El último bastión alemán se venció en los escombros de la fábrica Octubre Rojo el 2 de febrero. Iván pretextó sentirse enfermo para no acudir al festejo. Años después, al confesarlo a Aniushka, fue con la condición de no contar nunca a nadie que los fantasmas de los heridos alemanes se le aparecían en pesadillas y no le daban descanso. Pasó mucho tiempo para aplacar en algo un sentimiento confuso, entre vergüenza por la satisfacción de la venganza, culpa por haber sido testigo inmóvil, temor de que sus dudas se le escaparan.

66 años después…

Aniushka tuvo pocas referencias de Lennon, sólo algunas canciones escuchadas a escondidas, porque sus padres no aprobaban la música extranjera. Sin embargo, marchó en protesta contra la guerra en Viet Nam y la cruel intervención imperialista de los Estados Unidos. Una vez estuvo en Cuba como parte de una delegación de técnicos soviéticos en visita solidaria al país.

Ahora es febrero en La Habana, una ciudad casi siempre en pie de guerra contra sequías, huracanes, mares de leva, amenazas económicas, armadas y otros demonios. Sin embargo, por estos días, también aquí, como en otras capitales del mundo, se quiere olvidar para ser feliz por un rato.

Quizás, en un cuarto o en una azotea, un amante le cante al oído de quien ama el estribillo de otra canción de un hombre de apellido Paz. «En la ciudad, los amantes están repartiéndose en dos… Tengo ganas de hablarte, retozando al mirar, coloreando la suerte, coloreando la muerte con mil colores más… Tengo ganas de verte, de volverte a encontrar, despejada la frente, como me gusta siempre para volverte a amar…»

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