En blanco y negro

Posted: June 27, 2012 by jennroig in Spanish, Women don't Cry

Bodies of Art

Jota E se levanta dejando vacío el lado derecho de la cama. Mi cama. Alcanza un libro de Nietzsche y se lo da a Jota E, recostado a la pared izquierda. Hacerse duros es utilizar la dureza contra los demás y contra uno mismo, me dijo al ojear el prólogo, ¿pero sabes lo curioso?, eso no lo escribió Nietzsche sino una mujer.

Miro a Jota E, delinea la aureola de mi pezón izquierdo. Observo a Jota E, me da la espalda y se refugia en el librero.

– Jota E cruza varias veces el pasillo sin saludarme, –comenta Dazra– después, cuando le hablo durante el almuerzo, sonríe nervioso.

Jota E es uno de los tres mosqueteros. El de aspecto más lánguido y misterioso. Ladea la cabeza al saludar a los extraños, estrecha discretamente la mano de los amigos y roza cauteloso la mejilla de las muchachas. Sin embargo, atrae a muchas mujeres que él mantiene a raya todo el tiempo.
Tiene los ojos verdes. Yo siento una debilidad crónica por ese color. Sin embargo, su pelo claro es más largo que el mío. No me gustan los hombres con cabello más largo o más aretes que yo.

Encontré a Jota E en una lectura de cuentos. Leía en alta voz uno de sus relatos. Un absurdo. Western en La Habana, vaqueros con bolsas Cubalse, el indio Joe en la cueva de Tom Sawyer. Temblaba. Algunos en el público se reían del temblor de Jota E. Yo los regañé, les dije que es un joven y talentoso escritor multipremiado.

Al finalizar, Orlando y Ahmel lo felicitaron. Lo hiciste bien, muchacho, ya pasó lo peor. No, no había pasado. Mila estaba allí. Lena, Liz y Lana también. Fueron directo al grupo de los tres mosqueteros y rodearon a Jota E. Sólo por poco tiempo, cuando dejaron de funcionarle las técnicas de contención, Jota E se alejó y fue a sentarse junto a mí, que miraba a todos tras las gafas de sol, en un rincón apartado.

– Me gustó tu cuento, muy atípico – le dije después de varios minutos de silencio.
Jota E no respondió.

– ¿Así que el secreto de la supervivencia son los murciélagos? –insistí.
Incontinencia al silencio.

– Jota Pe, ¿qué haces tú además de preguntas por salir del paso?
Iorga, dentro de mí, se reveló.

– Iorga, deja a Jota Pe guardada dentro del escaparate. Se pone pesada como todos los periodistas.

Iorga, Jota Pe. Entre las dos sostenemos una relación fraternal. Me habría ido, pero un corrientazo en la rodilla lo impidió. Jota E me sujetó de improviso por ahí y me quedé paralizada. Sólo por un momento. De la misma manera súbita me dejó libre. Vi que Mila no nos quitaba la vista de encima. Sonreí.

– No te sientas inseguro, Jota E, no me gustan los hombres con el pelo más largo que el mío.
Se sonrojó.

Me habló de Carver, Lars Von Trier y Jack el Destripador. Le hablé de Kundera, los hermanos Cohen y Charles Manson. Al final de la tarde, cuando los otros planearon ir al Coppelia, nosotros preferimos ir a mi casa.

Entre los techos del barrio, mi azotea sobresale. Jota E se balanceaba en la esquina del alero. Tumbada junto al tanque del agua, miraba su silueta impactada contra el gris de las nubes bajas. Lo veía de lejos, desde la seguridad del centro.

– Ven aquí, Iorga, la gente se ve como de juguete, como muñequitos de cuerda. – Me dijo extendiéndome una mano.

– Míralos tú, Jota E, yo no puedo. Sufro de vértigo.

–¡Y de nuevo Jota Pe!

Jota E suspira, se encoge de hombros, resignado.

– Según Kundera el vértigo no es más que el miedo a la caída. Entonces el vértigo eres tú, Jota Pe. Te bastaría un acto de voluntad.

Jota E lucía hermoso. Diferente de los entes encorvados que caminaban abajo, de todos los Orlandos, Ahmeles, las Novaks y Jota Pes. El único ser a color en la tarde gris. Pero me rehusé.

– Tienes que crecer, desnudarte y escribir desde ti mismo – le había dicho a Orlando.

– Si tuvieras fuerza de voluntad podrías entrar a la literatura del siglo XXI – le había dicho a Dazra.

– Escribe, sácatelo todo de adentro. Hasta a mí – me había dicho B.

Actos de voluntad para todos.

Pero yo sentada en la seguridad del centro.

Templos Públicos

En mi cuarto, el espejo está a la cabecera de la cama y junto a esta, el collage. Acostada, veo por el reflejo en el cristal cómo me miran Pasolini, Vargas Llosa, Hemingway y Orson Welles.

– Eres una exhibicionista – me dijo Jota E sonrojado ante tanto voyeur.

Sonreí.

– Ponte cómodo, Jota E.

Entorné las ventanas. A través del espejo, le vi quitarse la ropa de forma ordenada y colocarla con cuidado encima de la silla del buró. Pulóver, pantalón, zapatos.

– No te preocupes, Jota E, soy una muchacha buena.

Cuando miré nuevamente, había dos Jota E desnudos en mi cuarto.

– Desvístete –me ordenó uno de ellos.

Me desnudé a mi forma. Sandalias, blusa, pantalón y ajustador. Cuando la última pieza de ropa cayó al suelo, ambos Jota E se me acercaron y caímos en la cama en un reguero de cuerpos.

Uno me acaparó y el otro se acomodó a mi derecha. Este miraba con ojos entornados, acariciándome una mejilla, cómo el otro me penetraba con fuerza.

– ¿Cómo lo hiciste? – pregunté al Jota E dominante después de llegar al mismo tiempo al orgasmo.

– Un acto de voluntad. – me contestó cogiendo aire.

– Me refiero a la división.

– Me pasa cada primera vez. Después logro controlarlo. – respondió tierno el Jota E a mi derecha.

Entonces se levantó dejando vacío el lado derecho de la cama. Alcanzó del estante un libro de Nietzsche y se lo dio a Jota E, recostado a la pared izquierda.

– Hacerse duros es utilizar la dureza contra los demás y contra uno mismo, ¿pero sabes lo curioso?, eso no lo escribió Nietzsche sino una mujer.

Dice eso mientras delinea la curva de mi pezón izquierdo, en lo que yo veo a Jota E darme la espalda y refugiarse en el librero.

Hacerse duros. Sólidas murallas de defensa. Dura concha alrededor. Cuero duro, protector.

A través de la ventana observo el mundo. El gris plomizo de las nubes destiñe el mar, los árboles, las sábanas tendidas en las azoteas. Busco mi vieja polaroid. Últimamente adjunto fotos a las páginas de mi diario. El mundo se convierte en una versión restringida, monocromática, encuadrada entre los marcos de las instantáneas en blanco y negro.

Le pido a Jota E que pose para mí. Su otro yo ha desaparecido. Gira. La cabeza reclinada, apoyada en la pared, por delante de los libros. El pelo suelto sobre los hombros, por detrás de las orejas. Las cejas caídas y la mirada de adolescente sentimental y lánguido. Una criatura hermosa. Si no tuviera una sombra de bigote y barba, parecería una virgen triste, como alguna vez escribió. Enfoco.

– No tengas miedo, Jota E, quizás no sea tan buena muchacha pero tu pelo es más largo que el mío.

Advertisements
Comments
  1. Boris says:

    Quizás porque llueve en Montreal, o porque conozco el escenario y los personajes, o porque la historia es sencilla y redonda. ¿Cómo llegué aquí? Las letras torcidas de Dios, dirán los cristianos. Me atrajo la buena literatura y la irresistible curiosidad. Un beso.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s