Entre las lomas y el mar… Santa Cruz del Olvido

Posted: June 27, 2012 by jennroig in Articles, Spanish
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(Enero, 2008)

Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado…; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos…; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio…

Fidel Castro Ruz

Tenía menos de cinco años cuando mi madre me hacía acompañarla en sus salidas. De vuelta de ver a una de sus amigas, doblábamos una esquina donde había un busto de José Martí. En la ciudad, por supuesto, habría más estatuas semejantes pero, por esas cosas de los niños, yo hacía a mi madre detenerse precisamente en este y esperar mientras recitaba frente al mártir aquello de «Cultivo una rosa blanca/ en julio como en enero/» Qué motivaba el acto que llegó a ser ritual. Sospecho quizás se conecte con mi apego a los textos del escritor y mi admiración por la obra del Hombre.

Para el individuo, el conocimiento de la historia de su tierra y de las acciones e ideas de los próceres que le antecedieron, influye en la posterior identificación con los valores y tradiciones que definen su pertenencia a una cultura, una región, un país. La conservación del patrimonio cultural e histórico, ardua en las naciones pobres, recibe en Cuba especial atención; hacia ese objetivo se encaminan recursos y esfuerzos.

La Habana es una provincia rica en lugares de interés patrimonial. Restos de la trocha de Occidente, escenarios de batallas esenciales de la invasión, el ingenio de Alejandría y el cafetal de Angerona, entre otros, son lugares y construcciones que lo demuestran. Sin embargo, se deterioran varios de esos monumentos. El Mausoleo de los Mártires, en Artemisa, presentó una situación delicada por problemas de recursos aunque ya se atiende; en San Pedro, Bauta, donde yace Antonio Maceo, se realizan labores de restauración para paliar los daños sufridos luego del paso de un ciclón. Pero otros puntos de la provincia se hallan en un estado demasiado crítico. Santa Cruz del Norte urge de ser atendido.

Allí, según Karel Tirado Matamoros, director del Museo Polivalente, se encuentran las tres cuartas partes de los sitios de importancia arqueológica de la provincia y todavía están sumergidos y por localizar gran parte de los naufragios de barcos españoles y piratas. La familia Diago, una de las impulsoras del progreso azucarero de Occidente, radicó en esa zona; en Canasí se preservan aún las raíces de la cultura conga; Hershey es el último pueblo modelo probablemente de todo el continente… Karel resalta el valor de Boca de Jaruco, un poblado de pescadores y de Chipiona, una pequeña península.

En Boca de Jaruco se ubica un sistema cavernario de más de cincuenta cuevas. La llamada Caverna de las Cinco Cuevas fue declarada Monumento Local en los 80’s, por sus pictografías aborígenes, restos de utensilios y enterramientos hallados. Una de las pictografías que atrajo la atención de los especialistas es el dibujo de una cruz, datada en la época precolombina. Allí mismo quedan las ruinas del Astillero de Axaruco —unas gradas a ambos lados del río— quizás el primero de América, desde donde partió la mayor parte de las expediciones de conquista. Desde allá se enrumbó Hernán Cortés a tierras mexicanas. En la ribera derecha se ven los remanentes de lo que fue el castillo de San Dionisio, construido por los españoles después para asegurar la carga y descarga de mercancías, principalmente azúcar.

Chipiona toma su nombre de Don Diego Velásquez, quien bautizó así el sitio donde construyó su residencia de verano, en memoria de su pueblo natal en España. Chipiona, por tanto, es la cuna de la actual Santa Cruz, porque ahí se asentaron los antepasados más directos de los santacruceños actuales, dos familias canarias llegadas en el siglo XVII. Con el paso de los años los descendientes cruzaron a la otra orilla del río dando paso a la actual ciudad.

Pero la entrada a la Caverna de las Cinco Cuevas ya es imposible. Según refiere Luis Enrique Ruiz, miembro del grupo de espeleología que trabaja la zona, la vía de acceso se interrumpió por «un derrumbe provocado, fundamentalmente, por la exploración de petróleo en la zona; ahora no se sabe si el dibujo de la cruz se perdió porque no es seguro penetrar hasta ese punto».

El caso Chipiona es peor. «A pesar de ser un área importante de la arqueología santacruceña se han hecho pocos estudios», afirma Karel, «los motivos son diversos: una deficiente organización de quienes tendrían que ocuparse de las investigaciones; la cantidad de maleza que entorpece el trabajo; y la edificación de diferentes fábricas con las consecuentes limitaciones para el trabajo espeleoarqueológico».

La Ley No. 2 del 4 de agosto de 1977 rige el cuidado y protección de los monumentos y sitios en el país. Aclara que se considera monumento todo centro histórico urbano y toda construcción, sitio u objeto que, por su carácter excepcional, merezca ser conservado por su significación cultural, histórica o social para el país y que, como tal, sea declarado por la Comisión Nacional de Monumentos. Está legislado que, al haber un sitio protegido por su valor cultural, debe notificarse sobre cualquier amenaza que pueda sufrir. En cada localidad debe funcionar la Delegación Municipal de Monumentos, la encargada de velar por el cuidado de estos lugares. La caverna de Boca de Jaruco estaba protegida legalmente y aunque Chipiona poseía cualidades para convertirse en monumento o, cuando menos, ser declarada como zona de protección, no llegó a serlo.

Amarilys Ribot, historiadora local, antes miembro de la Comisión Provincial de Monumentos, expresa que la responsabilidad por esa situación se comparte entre varios espacios. Dejando al margen la obvia dificultad que representa la escasez económica, por un lado, «la delegación municipal estuvo inactiva por un gran período de tiempo; por otro, quienes deben acometer las investigaciones de campo necesarias para declarar cualquier sitio como monumento local o zona de protección, no se han mostrado activos. Eso incidió en que Chipiona no fuera protegida a tiempo». Tampoco se cumplió con lo reglamentado en el caso de Cinco Cuevas. Amarilys explica que «está prescrito que toda intervención de terrenos donde haya un monumento local debe tramitarse con la oficina de monumentos directamente y se supone que todos los organismos estén al tanto del inventario de los mismos. Si el CITMA permitió las explosiones es porque desconocía la existencia de un monumento local allí».

Las mismas circunstancias que determinaron la pérdida de Chipiona y el daño a las cuevas, explican también el hecho de que las ruinas del astillero no estén contempladas, como tampoco los vestigios de múltiples ingenios que pululan por la antigua región de Jaruco, ni el cementerio de San Matías, único remanente del aquel pueblo desaparecido entre las llamas de la tea incendiaria mambisa durante la invasión, condenado por ser el centro de almacenaje del azúcar española.

Jorge Saínz, profesor, investigador, promotor cultural y María Inés Rodríguez, directora de la Casa de Cultura, ahondan en las causas. Saínz remarca que, a raíz de la industrialización experimentada por el territorio después de declararse área de desarrollo en 1982, muchas personas se establecieron ahí y con esto «el sentimiento de pertenencia no es el mismo, ni la voluntad de conservar». María Inés señala, el ser considerada Santa Cruz como lugar de paso, y apunta sobre todo la falta de sensibilidad hacia problemas culturales de funcionarios gubernamentales, que en mayoría, no son oriundos del territorio y desconocen sus valores. Laydi Domínguez, especialista en ordenamiento territorial en Planificación Física, afirma que Santa Cruz es el tercer municipio más contaminado del país.

En Santa Cruz no hay cine, ni sala de teatro, ni galería de arte. Esta última no existe desde que su sede se dictaminó en peligro de derrumbe; la sala de cine se usa solamente como salón de reuniones desde que se rompieron el proyector de película fílmica y el video. La Casa de Cultura hace seis años que se derrumbó y desde entonces los trabajadores esperan a que arreglen el local o que se les asigne otra edificación. Mientras, realizan su labor en el espacio excesivamente reducido de una estrecha habitación.

Dice Amarilys, que el cubano más aferrado a lo suyo es el que menos tiene. Son los habitantes de los sitios más apartados los que guardan más adentro el sentido de pertenencia y posesión sobre un monumento, una leyenda, una batalla pasada. Para una nación que tiene como punta de lanza de su lucha la fortaleza de su identidad y sus ideas, es imprescindible que la preocupación por sus valores idiosincrásicos alcance inevitablemente hasta el más alejado de sus rincones.

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