Santiago Gamboa: La literatura te multiplica la capacidad de vivir

Posted: June 27, 2012 by jennroig in Interviews, Spanish
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Image  Publicado en Enero, 2005

Coincidimos en la Sala Che Guevara de Casa de las Américas el 27 de enero, durante la entrega de los Premios Casa 2005. Ya le había distinguido entre los otros miembros del jurado que seleccionó la novela ganadora. En una salita alternativa, distantes del ruido y rodeados por fotografías de Pablo Neruda, Santiago Gamboa comentó sus ideas acerca de la literatura y el papel del escritor en la sociedad. Autor de varias novelas, entre las que resaltan Perder es cuestión de método, Vida feliz de un joven llamado Esteban y Los impostores: Nació en Bogotá, Colombia, y vive actualmente en Roma, Italia, donde ejerce el periodismo. Su género favorito es la crónica. Es licenciado en Filología Hispánica y ha estudiado por puro placer Literatura Cubana en la Sorbona de París.

En el año 2000, usted declaraba para el sitio web Encuentros Digitales que “el compromiso, entendido como cívico, ciudadano o ético, debe estar presente en la obra de todo escritor responsable. El escritor por su trabajo adquiere una serie de privilegios de una sociedad y creo que debe devolverlos, su mirada debe ser crítica. Debe ser un aguafiestas”. Esto parecería desprenderse de una concepción marxista del arte. Para usted, ¿qué es más importante en el arte, la función social o la belleza?

La belleza. Y lo que dije no tiene relación con la concepción marxista del arte. Lo que defiendo es la posibilidad de que el escritor siga teniendo un rol importante en la sociedad, pero al margen de algún partido político, de una militancia política clara. En lo que creo es en una literatura llena de propuestas morales para una sociedad. Pero esas propuestas morales no deben ser la razón por la cual se escriba una novela. Deben estar contenidas en el interior de una estética y una historia, porque una estética incluye siempre una ética.

Cualquier persona que tenga una visión del mundo, cualquier persona que tenga algo para decir sobre el mundo, y que se convierta en artista, lleva consigo también unas gotas de acidez sobre ese mismo mundo. En esas gotas de acidez está contenida una visión política. Toda visión estética es también, de alguna manera, una visión política. En el sentido de que se tiene una idea sobre el ordenamiento de las relaciones humanas. No es por un partido tal o cual.

Cuando hablo de compromiso, subrayo la palabra cívico, ciudadano, porque creo en la posibilidad de hacerlo sin estar necesariamente adscrito a un partido, porque a veces el problema de adscribirse a un partido, es que después esas opiniones convertidas en dogmas te puedan cortar las alas. Esa es mi opinión.

Habla de acidez, una dosis de ella que debe tener el escritor. Una persona ácida casi nunca es feliz. José Luis Serrano, un poeta cubano, holguinero, dice que ser feliz espanta, desgarra, que cuando se es feliz se está muy inquieto aguardando el momento cuando se dejará de serlo. ¿Usted está de acuerdo con eso?

Lo que pasa es que hay ciertas formas de felicidad que le ponen a uno la carne de gallina. La vida se parece al cuerpo, que lo mejor es no sentirlo. Cuando uno siente una parte del cuerpo es porque algo anda mal. Cuando uno siente el hígado, el páncreas, los pulmones, es porque pasa algo malo con ellos. Creo que con la vida es lo mismo. Es mejor ir como a medio perfil, no pretender demasiado, pero tampoco bajar la guardia. La vida es lo suficientemente valiosa como para defenderse por sí misma, pero luego nosotros disponemos de una cosa que se llama libre albedrío. Podemos hacer con ella lo que queramos, incluso podemos suprimirla. Es uno de los grandes debates filosóficos. Albert Camus decía “el suicidio es el verdadero problema filosófico”. Si tú puedes suprimir la vida, entonces debes entenderla de un modo distinto. Hay gente para quienes la vida es insoportable, y decide suprimirla. Hay otras que la aprecian y tienen sueños de longevidad. Yo no tengo ni una cosa ni la otra. Para mí la vida es un grupo de gente a la que quiero, es la posibilidad de caminar, de ser kamikaze en las montañas, la posibilidad de tener el afecto de los que me quieren y los que quiero, el recuerdo lejano o presente de mi propia infancia, los olores, los sabores, la vida es eso: una cantidad de pequeños detalles que no tienen que ver ni con banderas, ni con himnos, ni siquiera con grandes ideologías. A la hora de la verdad la vida es una cosa muy sencilla.

Sin embargo, para ser ácido, una persona tiene que ser, sino infeliz, al menos no feliz del todo. ¿El escritor obligatoriamente debe no ser feliz para poder producir?

No. Aunque es muy difícil hacer poesía festiva o literatura de la felicidad. Yo tengo un libro que se llama La vida feliz de un joven llamado Esteban, pero obviamente es una metáfora de un momento en que la vida es feliz: la infancia. Recuerdo un verso de Saint John Perse, un poeta del Caribe francés, ganador del premio Nobel: “si no la infancia, qué había entonces allí que no hay ahora.” La infancia es el gran problema también de la literatura. Baudelaire aseguraba que Ítaca era la infancia, el lugar al que todos queremos volver. Así como Laura Restrepo, mi compatriota, decía otra cosa muy linda: que de niña quería ser escritora, y ahora escritora quisiera ser niña. La infancia es el momento feliz de la vida. Por eso me duele tanto que haya en la realidad desgraciada y maldita que vivimos, niños para los cuales la infancia no es feliz. Porque si el único momento feliz de la vida, cuando aprendemos verdaderamente lo que significa la felicidad les falta, entonces serán adultos tristes y personas probablemente negativas.

También para Encuentros Digitales, usted refería que el trabajo literario no era grupal, que era algo solitario. ¿Usted es un solitario?

El trabajo de hacer literatura es solitario porque la escritura no se puede compartir con nadie, lo compartido es el resultado final. El escritor es una persona que vive dividido entre dos momentos terriblemente contradictorios. Primero, horas y horas de soledad y luego, cuando publica un libro, de repente, durante dos o tres meses, conoce a cuarenta personas diariamente. Por eso, muchas veces el escritor es una persona torpe. Cuando está en público, entre otras personas… no siempre socialmente el escritor es una persona que sepa manejarse en una reunión, en una sala, eso lo hacen muy bien los diplomáticos. Y a pesar de que en Colombia hay una gran tradición de escritores diplomáticos, por lo general los escritores tenemos esa tendencia a aludir ―con un poquito de traumatismo― esa doble identidad, el ser un solitario y al mismo tiempo, de repente, una persona social. Porque lo escrito, inevitablemente, lo convierte, ―cuando tiene una cierta relevancia― en una figura pública. Entonces, la vida de un escritor es eso: escribir, escribir y escribir; estar solo, oír música mientras escribe, como lo hago yo. El único ser no humano que me acompaña con su silencio al escribir, con una paciencia absoluta, es mi perro. Él no puede leer lo que escribo pero me acompaña.

¿Se considera un escritor comprometido?

Sí. Profundamente comprometido. Pero insisto, no con una militancia directa o con un partido político. Creo que el escritor debe ser una conciencia crítica. En América Latina, las propuestas morales que encuentras dentro de las obras literarias, son mucho más interesantes que los discursos políticos de nuestros tristes gobernantes. Hablo de mi país. No hablo de otros países por respeto, hablo sobre todo de mi país.

No obstante, la persona, para comprometerse, debe haber tenido al menos una experiencia grupal, un antecedente que le haga adquirir la necesidad del compromiso, y eso implica compañía. ¿Entonces, cómo se puede estar comprometido y ser un perenne solitario?

Pero eso visto desde una militancia. Y no se puede militar un partido constituido solo por uno.

Me refiero al conocimiento de la realidad circundante: conocer al otro. Intercambiar con los demás.

Por supuesto. Pero los mejores escritores que he conocido son los tímidos. Son personas silenciosas, que observan desde una esquina. Esos son quienes tienen las observaciones más agudas de la realidad. Ese escritor dicharachero que entra en una habitación y hace reír a todo el mundo, siempre he sospechado de él. Me parece que la literatura más importante es la de los tímidos, los que están en un rincón, observando. Quienes hasta temen un poco a esa multitud que a lo mejor les va a aplaudir. Creo en esa visión del escritor, que es la más interesante para mí. El escritor que desde muy pequeño comprende qué sucede. No aquel engalanado al que todos celebran en la conversación. En cambio, el que está en silencio en su esquina, sabe lo que está pasando. Ese es el buen escritor.

¿Pero ese escritor no es más analítico? O sea, si se mira desde afuera, es que no se está adentro, y si no es así, pues no se siente en carne propia.

No. Esa es la diferencia entre cómo analiza un escritor y otro tipo de análisis de la realidad. El escritor no necesita estar adentro para ver las cosas. Él puede mirar a través de una ventana para saber qué es lo que está pasando, y comprenderlo. La literatura de todas maneras no cambia la realidad. Crea seres críticos con la realidad, pero nunca algún libro literario ha cambiado la realidad. Puede cambiarle la vida a alguien, para bien. Si tú has leído a los quince años el Diario de Ana Frank, sin duda, nunca serás antisemita o fascista. Y eso es un libro. Si has leído a Salgari, donde el príncipe malayo Sandokan es tu héroe, probablemente no seas racista. O sea, la literatura te hace mejor persona. La gente que lee usualmente es mejor, es más tolerante. Mejor que si no leen. A quienes no leen la experiencia de vida se circunscribe a la propia y pequeña realidad, mientras, el que lee, encuentra que su vida diariamente se multiplica. Se multiplica en cada novela buena. Una buena novela, más que haberla leído, a uno le ha ocurrido. Son los libros que no forman parte solo de tu biblioteca, sino también de tu biografía.

La literatura te multiplica la capacidad, la posibilidad de vivir. Entonces, he ahí el gran compromiso del escritor: transmitir con sinceridad, con eficacia, una experiencia por pequeña y sencilla que sea. Pero la importancia es esa: transmitirla bien. Para eso debe ser buen escritor. Realmente la única obligación que tiene un escritor es ser persuasivo, ser creíble. Pero todo eso se reduce a ser bueno.

Santiago, usted dice que es un escritor comprometido. ¿A qué compromiso puede referirse una persona que vive en Europa y no en su Colombia natal?

El hecho de vivir fuera de mi país es algo para mí totalmente irrelevante. No creo que eso me impida opinar o sentir mi cercanía o lejanía hacia la vida de mi país. Porque tampoco pienso que la obligación de un escritor sea escribir sobre su país. A mí esta historia de que los mexicanos escriben sobre México, los colombianos sobre Colombia y los cubanos sobre Cuba, a mí me queda un poco estrecha. En ese sentido admiro mucho la literatura anglosajona. Graham Greene, un gran escritor, escribió setenta novelas de las cuales solamente once o doce se sitúan en Inglaterra. El resto ocurre en todo el mundo, incluida Cuba. ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo mismo? ¿Por qué en el mundo hispano tenemos que circunscribirnos como monaguillos, cada uno sobre su país? Porque te dicen que tienes que dar un testimonio sobre tu país, porque es que quieren conocer a Colombia. Pero el que quiera conocer a Colombia, pues que vaya a Colombia. Para eso están las agencias de viaje. La literatura es una experiencia y un pacto estético y ético y profundamente humano muy distinto. Eso de que uno debe escribir sólo sobre su país para mí es una frivolidad. Yo he escrito sobre mi país, por supuesto. Tengo tres novelas que transcurren en Colombia. En todas mis obras, los protagonistas son colombianos. Es que, además, ser colombiano, no es solamente ser colombiano en Colombia. Un país que tiene siete millones de emigrantes, ¿quién habla por ellos?, ¿quién cuenta sus historias?

Vivir en Europa no es para nada una situación de comodidad para mí. Yo fui a Europa en unas condiciones normales hace diecinueve años: a estudiar en España donde obtuve una beca. Después me fui quedando. Fue el camino que yo elegí. Pero el hecho de que yo viva en Europa es irrelevante a la hora de juzgar mis libros, porque si yo nunca en mi vida hubiera dado una entrevista la gente no sabría dónde vivo, y los libros serían los mismos. Además, el escritor no escribe mirando por la ventana. El escritor escribe delante de una pared, como lo hago yo. Yo miro por la ventana cuando acabo de escribir, pero mientras dura estoy mirando la pantalla de una computadora. El lugar donde se encuentre esa pantalla puede ser Bogotá o La Habana, Roma o El Cairo. Estoy escribiendo lo que estoy escribiendo.

¿Cómo convencería al lector cubano de comprar sus libros?

Te diré algo con toda la sinceridad del mundo. Creo que la literatura cubana es algo serio. Te lo digo porque la estudié y la conozco. En este país la gente que lee, y lee la literatura de su propio país, está leyendo una cosa muy seria. O sea, que entrar con un libro al mundo cultural cubano es una cosa de responsabilidad. Yo soy muy malo para publicitar mis cosas. No sé. Les diría a los cubanos que gusten de leer, que ahí tienen un libro, o dos o tres o cuatro libros míos y que los consideren. Si son leídos con interés en Cuba, pues para mí sería un honor. Soy del parecer que el nivel cultural cubano es probablemente el más alto de Latinoamérica junto con el de Argentina. Te iba a decir México, pero en México evidentemente solo es una elite la que lee ―un 8% de la población― eso está claramente definido ya. Argentina y Cuba son los grandes públicos lectores. Desgraciadamente para Cuba, dada su situación, no tiene la capacidad de estar en el interior de todo este flujo de libros que se publican y las novedades llegan un poco más tarde. No, yo no trataría de convencer a un lector cubano de leerme, no me atrevería. Más bien le conminaría a que escribiera. Creo que cualquier persona en Cuba que se pusiera a escribir arrancará más adelante que cualquiera de otros países. Es como si en una carrera de cien metros, un cubano arrancara desde el metro cuarenta, y los demás desde el metro cero.

Originalmente publicado en La Jiribilla

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