También quise ser corresponsal de guerra

Posted: June 27, 2012 by jennroig in Articles, Spanish
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Image(Febrero, 2010)

Una mañana llegué a la escuela y encontré en todos los niños la misma expresión preocupada. Sabíamos que Dayana, una niña panameña de hoyuelos en los cachetes, había regresado a su tierra hacía poco con sus padres. Era diciembre de 1989, estábamos en tercer grado cuando estalló la invasión a Panamá. Aunque de lejos, sin ruidos de bombas ni balas, la guerra nos tocaba.

Por ese entonces empecé a ver el noticiero. Al principio, únicamente para buscar  en aquella ciudad la cara de Dayana en las imágenes de la gente, pero después me enganchó la emoción del periodista, las historias que en su voz parecían venir de un diario de vida o muerte. Y fue que cambié de una vez por todas la respuesta a la pregunta que le han hecho a todos los niños del mundo: «¿Qué vas a hacer cuando seas grande?» Y yo respondía: «Corresponsal de guerra».

Han pasado casi veinte años desde entonces. Aproximadamente el tiempo que nos separa de la última guerra en la que Cuba tomó parte. Puede que la mayoría de los universitarios de hoy ni siquiera hubieran nacido cuando tropas cubanas luchaban en Angola. El tiempo pasó. Mientras, yo me hice periodista, pero nunca he estado en una guerra.

Como fue en el principio…

En 1854, un irlandés desgarbado y barbudo desembarcaba en las costas de Crimea para ver con sus propios ojos qué sucedía en la guerra donde su país, en alianza con el Imperio Ruso, Irlanda y Francia, se enfrentaba al Imperio Otomano. Su nombre era William H. Russell y trabajaba para el periódico londinense The Times.

En el siglo XIV las guerras eran muy distintas. Dos filas de hombres se encaraban con sus armas listas. Pero después de un par de descargas, ya tenían que lanzarse a una carrera de matar o morir; hombre a hombre, bayoneta en mano, mientras la caballería y los cañones completaban la carnicería. La tierra quedaba anegada de tanta sangre coagulada.

Russell vio que los soldados ingleses caían como moscas y que se les abandonaba aún vivos en el campo de batalla. Eso le escribió a su editor inglés, John Delane. Y sus cartas provocaron al publicarse un hecho sin precedentes: la opinión pública inglesa levantó la voz para pedir cuentas a su gobierno, lo cual terminó en la deposición de este.

La creación del primer cuerpo de enfermeras militares fue también consecuencia de la presencia de William H. Russell en aquellas tierras, donde permaneció meses en el frente para escribir al periódico el recuento de los sucesos. No sospechaba que se estaba convirtiendo en el padre del Periodismo de Guerra.

El rol del corresponsal de guerra ha quedado fijado: informar a sus lectores radioescuchas o televidentes de los sucesos, enfrentamientos, eventualidades, jugadas políticas y muertes que acontecen en los escenarios y tiempos de conflictos y guerras.

Siglo XX

Durante la primera y segunda guerras mundiales, el Periodismo de guerra se mezcló tanto con la propaganda que terminaron por confundirse. Entonces los periodistas fueron uniformados por los ejércitos y ostentaron graduaciones militares. Al fin y al cabo, si el reportero viste, come, camina como un soldado más, y corre con la tropa riesgos, victorias y derrotas, será mucho más fácil que su punto de vista defienda los reclamos «patriotas y libertarios» que sostienen las guerras.

Pero durante la guerra en Vietnam ocurrió un viraje. Por excepción, era relativamente fácil acreditarse como corresponsal de guerra y allá fueron fotógrafos y periodistas. Los testimonios en imágenes que quedaron revelaron la verdadera cara de la guerra, los niños en su huída del napalm, el asesinato de un civil a sangre fría por parte de las tropas oficiales, el horror de los bombardeos, los cuerpos de los jóvenes soldados norteamericanos

Hasta hoy se dice en Estados Unidos que la guerra se perdió en los medios. Periodistas y fotógrafos como Larry Burrows, Carl Mydan y David Douglas Duncan capturaron imágenes que hicieron a los norteamericanos cuestionarse su papel en una guerra que ya se les hacía absurda y demasiado costosa.

¿La postmodernidad?

Pero el efecto Vietnam duró poco para los corresponsales de guerra. Pocos meses después del fin de la guerra en el país asiático, ya llegaban noticias de la ejecución a sangre fría de los cinco periodistas australianos que estaban en Balibo, Timor Oriental, cubriendo para dos canales de televisión la invasión de Indonesia.

Algunos teóricos auguraron que con el auge de la globalización, y la mayor conexión e interdependencia entre las naciones, sería más difícil el surgimiento de conflictos bélicos. Ellos se equivocaron. Las guerras no han cesado, y se han vuelto más mortíferas a medida que las armas se hacen más sofisticadas.

La Guerra del Golfo, entre 1990 y 1991, abrió al mundo una ventana al futuro. Las imágenes que CNN trasmitía para el mundo, se parecían mucho a las explosiones de los videojuegos. Por primera vez veíamos una explosión al otro lado del mundo a solo instantes de ocurrir. Los satélites y los poderosos lentes de las cámaras lo permitían. Pero extrañamente, faltaban los cuerpos. Se escamoteaba el rostro amargo de la guerra. Vimos el fuego en los pozos de petróleo que contaminaban el mar, pero faltaban las bajas humanas. La imagen de la guerra se había vuelto pulcra.

A poco más de una década, después de Kosovo y mientras continúa Afganistán, en Iraq hay otra guerra que ya no cubren los medios. La mayoría de los consorcios informativos sacaron a los corresponsales estrellas porque el número de periodistas muertos era el más alto de todos los tiempos en un conflicto armado. Y esta vez no como víctimas de fuego cruzado, sino como «targets» elegidos.

Ha cambiado la manera de conducir las guerras y la forma en que el Periodismo se relaciona con estas. El mundo se estrecha a medida que los satélites y la banda ancha se fortalecen. Ya no vemos ni oímos de hombres que se enfrentan cuerpo a cuerpo sino de explosiones que matan a niños, mujeres, a cualquiera que estaba en el lugar y en el momento equivocado. Ahora los cuarteles generales están equipados con tecnologías de punta y los soldados usan laptops y audífonos. Es una era de guerras por control remoto.

Así también cambia el Periodismo. La forma en que el mundo supo de los abusos en la prisión de Abu  Ghraib fue a través de fotografías tomadas por los mismos soldados norteamericanos que sirvieron de verdugos, ya no más gracias a la cámara de un fotorreportero. Los periodistas ya no van al campo de batalla, es demasiado peligroso y los equipos que traen consigo demasiado costosos. El ejército les planifica ocasionalmente visitas al frente, pero ya no existe la libertad de movimiento que un día disfrutaron los Corresponsales de Guerra en Vietnam.

De la misma forma que ahora salió al mercado de armas un tanque robot, también existe, o al menos se estaba trabajando en el modelo de un periodista robot. Una máquina que iría en lugar del hombre, o la mujer, al campo de batalla. Pero, ¿quién piensa entonces? ¿Cómo una máquina puede valorar qué historia es más importante, o qué plano puede ser ilustrador?

Parece que los que quisimos algún día ser Corresponsales de Guerra, hemos llegado algo tarde.

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