Y todavía explotan…

Posted: June 27, 2012 by jennroig in Miscellaneous, Reviews, Spanish
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Image Image by Chantalleke

(Publicado en Mayo, 2006,  como Iorga Novak)

Para Ahmel, por Esquirlas

Esquirlas: astillas de hueso, piedra o cristal. Pero también fragmentos dispersos de una granada o mina antipersonal después de haber explotado, cuando no sirve de nada, cuando no puede matar a nadie. Al menos eso dijeron Ahmel y Orlando cuando les pregunté el significado del título del libro de Ahmel. Eso me dijeron.

Léetelo ya, Jota Pe, tienes que hacerlo, me dijo Dazra después de llevarle Esquirlas. Ella es una mujer sin edad, espectacular. Se lo leyó en un día y no podía hablar de nada más. Ese libro soy yo. Me describió a mí sin conocerme, quién es ese Ahmel que puede escribir estas cosas.

Esquirlas

Esquirlas, de Ahmel

Ahmel es mi amigo. Lo visito a veces en su rincón cerca de la Plaza de Armas –en esquirlas se convierten las armas inútiles–. Él me recibe con una sonrisa y nos contamos las novedades, que son las mismas de siempre. Tienes que matar a alguien, me aconseja. En la literatura siempre hay que matar a alguien. Yo lo miro a propósito con los ojos agrandados y él los evita. Mira para otra parte con esos ojos, Jota Pe, a mí no, no sé qué hacer con ellos.

Domingo. La mañana pinta gris. Quizás hoy sea el día del holocausto, del diluvio, del cataclismo. Todos estamos de acuerdo: este año será especial. Dazra, Ahmel, Orlando y yo lo hemos conversado; cada uno por su lado también lo ha escuchado de otros. No sabemos qué, pero algo va a cambiar.

Por si acaso, leo el libro de Ahmel antes del Apocalipsis; qué decirle si nos encontráramos en el purgatorio y me preguntara. “Ojalá que más pronto que tarde, leas este librito, –una suerte de inventario de esquirlas– o un ‘grito mudo’ como acto de resistencia o tal vez como trunco rapto de locura a manera de malabar libertario”, dice la dedicatoria.
Domingo en la mañana.

Yo no sé si soy Jota Pe o Iorga Novak. Me miro en el espejo y no logro descifrarlo. En el espejo nunca nos vemos tal como somos ni como nos ven los demás, comenta Orlando, la imagen se trastoca en la retina luego de no sé cuántas inversiones.

Ahmel también se miraba en un espejo cuando escribía. No me queda claro si es un inventario de sí mismo o de su alter ego; si es mi amigo o el personaje ideado por él. No te confundas, Jota Pe, ese Ahmel no soy yo, es un personaje que me inventé para completarme.

Yo le quise creer para no sonrojarme imaginando su pene erecto en compañía de Orlando L. y H. Miller. Tampoco deseaba husmearlo mientras hacía el amor con Yani, su mujer. Ahmel se sonroja, al menos algo parecido le sucede a su piel negra en situaciones embarazosas. A mí también se me ruboriza, muy visiblemente, la piel tan blanca. Todavía me sucede, a pesar de que entramos hace seis años en el siglo XXI y ya pocos sufrimos semejante tara.

Ahmel Echevarría

Para Ahmel, escribir Esquirlas fue como exorcizar recuerdos. Separaciones, suicidios, cartas, una promesa rota. Yo no necesitaba de eso. Yo tengo mecanismos en avanzado estado de desarrollo que utilizo para desprenderme de la gente. Tampoco me gusta cuando se prenden de mí. Al estrechar lazos con alguien, si siento que me quiere, me necesita de alguna manera o busca mi presencia, pongo pie en polvorosa y desaparezco. Me gusta ser impredecible e inaprensible. Eso creí.

No nací en la ciudad pero desde que vine me recibió con los brazos abiertos. La bahía, la Avenida G, la Universidad, la cinemateca, el Almendares, Alamar, Lawton, mi casa en Playa. Me apropié de cada sitio como de apéndices complementarios pero todo tiene un precio. La ciudad te amarra a sus aguas y uno termina sin saber cómo zafarse.

Reconozco a Las Vegas porque la he visto en la televisión. Lo mismo ocurre con Kuala Lumpur, París, Bohemia, Sydney. Yani, la novia de Ahmel –el protagonista de Esquirlas– se fue para Madrid. Querían ser ciudadanos del mundo y ella debía ir primero. Perú viene a mi memoria de vez en cuando. Pero yo no dudé. Me fui antes del final, cuando los trámites estaban avanzados. Pasaporte con visa y pasajes de ida a Lima. No asistí a la fiesta de despedida. No me gusta que la gente se prenda de mí. Preferí huir, cortar los lazos. Activé mis mecanismos en avanzado estado de desarrollo para desprenderme de la gente y evitar así el dolor de la ausencia. Al menos eso creía.

Mi patria es la memoria, escucho en la voz de Ahmel. De ser así prefiero ser expatriada. La memoria es la acumulación de las cicatrices cotidianas que van formando una masa. Memoria: tejido cicatrizado de la conciencia.

Observo el mar a lo lejos. En la gaveta de alguna oficina se guarda un pasaporte con mi nombre. En otra, una visa con destino a México D. F. Mi madre no los ha visto pero de todos modos lo sabe. Sólo será una semana y de todas formas el olor a salitre llega más fuerte. Soy criatura de Isla, temo marearme en tierra firme.

Domingo en la mañana. El cielo, gris, como lo estaba durante la segunda foto en la Colina Lenin. Vania, Edith, Orlando, la Canon y Ahmel reunidos. Una mariposa agonizante, lo mismo que Vania. Lloré. No me gusta llorar. Siempre recuerdo las palabras de mi padre, sé fuerte, Jota Pe, las mujeres no lloran. A veces lo hago dentro de mi cuarto sin que nadie me vea.

By Angel Vazquez

Camila acompaña a Ahmel mientras fotografía los techos de la ciudad desde un campanario del Vedado. Captan la tristeza de una muchacha de pelo largo sentada a la orilla de un alero. Ahmel se pone triste, Camila, a su lado, le canta un blues. Él dice que ella es un ángel, tal vez un ángel caído. Querido Ahmel, todos somos ángeles. Tú, Dazra, Orlando, yo. Somos una corte de ángeles caídos.

Ahmel me lleva casi diez años. Sin embargo, al leer Esquirlas me doy cuenta de que él o su alter ego habitan el mismo punto muerto que yo. La ciudad no nos deja crecer. La crisálida de la mariposa alrededor nuestro es muy apretada, no podemos salir. Cuando algo se mueve sabemos que el tiempo transcurrió; si todo permanece quieto, los segundos se estiran infinitamente. Parecemos muertos, nunca se mueve nada.

¿Qué haré con mi vida?, nos preguntamos ambos. Ahmel se arma de una cámara y un trípode, desanda la ciudad buscando locaciones para una serie de fotos en un intento de ajuste de cuentas. A su realidad, a la ciudad, a sí mismo. Todo a un tiempo. Yo no sé qué hacer.

Como la ciudad no nos deja crecer por fuera, debemos crecer interiormente. Es la única opción. Si te estancas, pierdes. Te mueres de envidia de Ahmel y de Dazra, le digo a Orlando, tienes que crecer, desnudarte y escribir desde ti mismo, afeitarte la barba y recuperar la sensibilidad del tacto. El tacto es el sentido más intenso, con cada milímetro de la piel se puede sentir. Orlando creció todo cuanto pudo y ahora está empequeñeciéndose. Observa el mundo desde del lente de una cámara. Escribe el mundo desde su rencor y su impotencia.

Ahora caigo en cuenta. Yo también me he estancado desde que emigré hacia mí, al convertir mi cuerpo en la única verdad posible. No se puede crecer por dentro más allá de cierto límite porque se agrieta la piel, se llena de costurones. Uno termina explotando, desmembrándose, lloviendo sobre la ciudad en forma de millones de esquirlas.

Vania, Edith, Maura, Camila. Yani. Ahmel tiene muchas mujeres en su memoria, como yo hombres. Todos forman parte de ciclos. Inicio, pasión, declive, fin. Creo que ambos desearíamos salirnos del círculo y entrar en una autopista con destino a alguna parte. No a un rincón de Europa ni de Australia, solamente alguna parte. Quizás al futuro… “El 2000 era el futuro”.

Domingo en la mañana. Por la tarde este arrebato ya será historia. Si acaso cuando vuelva a ver a Ahmel le comentaré que su libro es fenomenal, que se podría morir después de haberlo escrito y lo pienso incluir entre mis obras de cabecera. Pero no le diré que me hizo llorar. Las lágrimas se perderán en la lluvia. Mi tristeza no llegará hasta él.

Ahmel tenía miedo de que su libro de memorias fuera raro, pasional y oscuro. De ser así, creo que por un tiempo habitaré el mismo espacio donde se lanzan las monedas para determinar a quién le toca la suerte, y se oculta, si estas caen de canto.

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Comments
  1. Ahmel says:

    Hola, Jenn, gracias mil por el texto.

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