La Habana que me enseñó Rubén

Posted: July 16, 2012 by jennroig in Reviews, Spanish
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Image (Foto: Gustavo Torres)

(Originalmente publicado por Cubaliteraria, 28 de Enero de 2005)

Yo no nací en La Habana, pero la conocía desde mucho antes de venir a estudiar aquí. Y no me refiero a las imágenes frías tomadas por los periodistas y mostradas en el noticiero de televisión, ni a las visiones fugaces de cuando la atravesaba para ir a Matanzas de vacaciones. Hablo de la textura, la esencia, la fragancia. Lo que penetra por los cinco sentidos y hace que realmente se sienta que se conoce algo.

No hubiera podido decir dónde se hallaba la Plaza de Armas, la Avenida de los Presidentes o el Palacio de las Convenciones; sí adivinaba el tráfico y el bullicio de sus calles, la multitud desconocida y los edificios suntuosos.

Soñaba una ciudad nocturna, casas y parques iluminados; diversiones, conciertos, toques de santo, un malecón repleto de quienes salían a buscar la brisa.Una ciudad salada, donde el metal se corroe rápido y se teme la furia de viento y mar.

Pero hubo una Habana que se me reveló vieja, dolida y a la vez recuperada, mientras leía la “Sinfonía urbana” de Rubén Martínez Villena. Quizás por la indiscutible excelencia del poema, quizás por lo inesperado de descubrir un poeta en quien hasta el momento conocía sólo como luchador social…

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“Sinfonía” trazó en mi mente un dibujo totalmente distinto a la representación que yo había guardado de la capital. Rubén cantó como nadie el espíritu de la gente de a pie, los que se levantan en la mañana sabiendo exactamente cómo terminará su día. Prefirió la Habana de “la ropa blanca tendida en la azotea” y de las sombras que el sol proyecta “y traza en las aceras siluetas de balcones / que duermen su modorra sobre los transeúntes”. Tal vez las mismas sombras que le permitían andar protegido del sol mientras se dirigía al Café Martí para reunirse con los demás jóvenes intelectuales, o más tarde, cuando preparaba manifestaciones contra el régimen.

A la Cuba de inicios de siglo no llegaron las vanguardias artísticas europeas y latinoamericanas, apenas un eco de lo que en materia política y filosófica se pensaba. Los autores asumían el Modernismo como la única forma de expresión. Los jóvenes intelectuales que habían nacido con la República, optaban por recurrir a las mismas estructuras que los grandes maestros del Modernismo practicaran veinte años atrás. Rubén, y los de su grupo, tuvieron la virtud de readaptar un estilo decadente, por principio escapista y exótico, y expresar con sus formas el reflejo de lo que les rodeaba. “Sinfonía urbana” es eso: un cuadro realista de La Habana de los años veinte, pero tan vívido, que parece trascender en el tiempo y repetirse infinitamente. Cuatro cantos van marcando las pautas del ritmo particular de su ciudad, “Crescendo matinal”, “Andante meridiano”, “Allegro vespertino” y “Morendo nocturno”.

Posiblemente él, que se vio lejos de su tierra cuando lo obligaron a huir, pudo percibir como nadie el sentimiento de la ciudad. Él sabía que La Habana nació y creció alimentada del dinero de la caña de azúcar, del tráfico de negros y la inminencia del mar. El cansancio, la tristeza de siglos se escondía detrás de la belleza de sus construcciones y de la “profusión callejera de mujeres hermosas: / unas que van de compra y otras que van de venta”.

Después de haber sido obrero en fábricas estadounidenses, fue detenido en la Florida por participar en una conjura que pretendía bombardear el Palacio Presidencial y para lo cual él mismo se entrenaba como aviador. Quizás allí supo cuál era la verdadera razón por la que cada mañana la ciudad despertaba, “en tanto que ella misma, para la brega diaria, / se pone en movimiento como una maquinaria, / movida por la fuerza de la necesidad”.

También yo aprehendí una Habana diferente, mucho más rica que las siluetas de la Rampa o de la Giraldilla. Una capital que respiraba el humo por la mañana, recuperaba el aliento al mediodía, se engalanaba en la tarde y gozaba la noche, lista para emprender un nuevo día. Más tarde, al compartir la nostalgia de Dulce María por una Habana que ya no tenía la inocencia que ella le prestó, sospechaba que de todos modos la misma razón centenaria compartida por muchos era la que incitaba a la marcha en las mañanas.

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