¿HUELE LA LITERATURA?

Posted: July 21, 2012 by jennroig in Miscellaneous, Spanish
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(Originalmente publicado en Alma Mater, el 13 de diciembre de 2007)

ImageEs un día aburrido, nadie pasa por la esquina de barrio donde me siento a esperar. De repente, unos pasos. Un hombre de sombrero, saco y mirada oscura pasa por la acera de enfrente. Lo sigo. Él no se da cuenta. De la luz a la penumbra cuando abre la puerta una bella joven desconocida. Ella tampoco se percata de que los miro. Se presentan. Ella dice llamarse Aura.

Una voz y un pestañeo, Aura desaparece. No estoy más en su sala sino echada en mi cama con Aura, de Carlos Fuentes, entre manos. Mi madre necesita ayuda.

La literatura como puente dimensional hacia otro mundo: una idea intermitente, seguro a más de uno se le ha ocurrido. El cine, y por supuesto el resto de los formatos audiovisuales tienen la facilidad de sumar en sí el sonido y la imagen para alcanzar una perspectiva de realidad más completa. En cambio, la literatura cuenta con la magia. La magia se sitúa en una puerta interna que apuesto se halla oculta en alguno de los lóbulos del cerebro. Se precisan ciertas condiciones para activarla. Por una parte, el talento del escritor y el atractivo del texto; por otra, la voluntad del lector de construir un muro alrededor suyo para que nadie vea cuando emprenda el vuelo y comience el viaje.

Una vez iniciado el ensalmo, las letras negras sobre fondo blanco se convierten nada más en guías, porque nosotros mismos aparecemos en los escenarios junto, mejor detrás, de los personajes que dejan de serlo para tornarse seres reales, tangibles, audibles. Como testigos privilegiados, o dioses castigados a no tener voz ni voto, acompañamos a Oliveira por las calles de París rumbo al departamento de la Maga, vemos morir a Vito Corleone en medio de sus cultivos durante una mañana de estío, palpamos sorprendidos el hielo nunca visto por los Buendía de Macondo y sudamos tanto como Santiago luchando contra el gigantesco pez.

Por lo general los buenos libros esbozan en nuestra mente imágenes. Somos capaces de representarnos las fisonomías de los personajes: Anna Karenina es rubia y frágil, Beatriz Viterbo morena y de rasgos soberbios, Mario Conde tiene cara de amargado y anda sin el menor garbo. Pero algunas obras logran transgredir un espacio y llegan más allá. «El calor es insoportable y pesado. La luna, casi llena, está rodeada de un halo amarillento como el pus. El aire está cargado de electricidad y no se mueve ni una hoja: todo anuncia la tormenta. Alejandra da vueltas en la cama, desnuda y sofocada, tensa por el calor, la electricidad y el odio. (…) el monte inmóvil y silencioso parece encerrar grandes secretos; el aire está impregnado de un perfume casi insoportable de jazmines y magnolias. Los perros están inquietos, ladran intermitentemente y sus respuestas se alejan y vuelven a acercarse, en flujos y reflujos. Hay algo malsano en aquella luz amarillenta y pesada, algo como radiactivo y perverso». Cuando llegué a este punto mientras leía Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, ya era capaz de oler la humedad de la próxima lluvia, escuchar, derretirme del calor y morirme de angustia.

Así, según yo, Henry Miller incita el deseo de una manera más que metafórica y las escenas de Bukowsky siempre me provocan revolturas de estómago. La montaña mágica, de Thomas Mann, se escucha siempre con una sinfonía wagneriana de fondo; por el contrario, no sucede así con La muerte en Venecia, que a ratos parece traer las notas de una mandolina cuando vemos al joven rubio, como un Apolo, tomando sus baños, la melodía desaparece cuando se impone el olor nauseabundo de la podredumbre de la enfermedad.

Image Sin embargo, es en El perseguidor, de Cortázar, donde descubro un sonido mucho más nítido. El jazz inunda no solo el oído sino los cinco sentidos todos, como en este fragmento: «Art ha pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, (…) Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan. (…) El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba,tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música (…)».

Quizás sea un asunto subjetivo, producto mis alucinaciones de una imaginación viva, pero lo cierto es que hasta en los libros más densos y abstractos he descubierto al menos un párrafo, una sola línea que absorbe y alienta los sentidos.

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