Post Divorcio

Posted: July 25, 2012 by jennroig in Fiction, Spanish
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El zumbido de la secadora se dispersa en la habitación. Mientras, el humo del cigarro se eleva en columna fina. En la cama, desnudo entre sábanas arrugadas, él toma una bocanada y la mira.

Desnuda también aún, ella apaga la secadora. El tiempo se detiene un segundo cuando los dos se miran en el cristal del espejo. Pero el reloj vuelve a andar cuando ella desvía su mirada. Esconde los ojos tras la capa de pelo, que comienza a cepillar con brusquedad. Desde alguna parte se siente un claxon insistente y el eco de una respuesta incómoda.

Él la mira vestirse. No usa ropa íntima y el vestido se le pega a la piel sin pliegues. Nota la bufanda tirada en el piso. La alcanza. Se la queda, sintiendo su textura.

Ella llega a su lado, descubre los aretes en la mesa de noche y se los pone. Luego los zapatos. Sujeta por el otro extremo la bufanda y se regresa frente al espejo. Él siente esfumarse la sensación de sus dedos.

Los dedos que todavía huelen a ella. A ella entre sus muslos. A ella detrás de la oreja. A ella. Cálida. Entre sus propias piernas se empieza a notar el efecto de evocar. Evocación. Erección. No quiere ser vulnerable. Se cubre con la sábana.

Ella lo observa de reojo. Se termina de pintar los labios y vuelve donde él, sin mirarlo, a tomar la cajetilla para encender, ahora ella, un cigarro. Con la bocanada profunda de aire sus senos se yerguen. Se asoma a la ventana. Abajo, el vendedor de periódicos cierra el kiosco.

No hay matices en la voz cuando pregunta. – ¿Te alcanzo la billetera?

A él la pregunta le pega como un corrientazo y se incorpora en la cama.

Al sentarse, el impulso se pierde. Abre como si le pesara demasiado la gaveta y saca dos billetes. Se los extiende pero ella señala su bolso con gesto indolente.

Lo observa de reojo, pero sin dejarlo que cierre el zipper le arrebata el bolso y se va. Él la ve salir del cuarto rápida y escucha el portazo. Sin mirar atrás.

Solo. Se asoma a la ventana. El cigarrillo de ella todavía humea en el cenicero. Lo aplasta. Abajo, la ve salir, caminar apurada hasta perderse de vista en la esquina. Entonces se tira de nuevo en la cama y la mirada queda fija en la mancha de humedad del techo. Después de un momento, recupera el cigarro, busca la marca de los labios de ella, y así se lo lleva a la boca para volverlo a encender. Toma el cenicero y se lo apoya en el pecho.

El cenicero deja un redondel limpio en el centro del polvo acumulado sobre el cristal. Debajo, una instantánea desteñida. Él, que la abraza a ella, y el kiosco de periódicos detrás.

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