Watch her disappear

Posted: July 29, 2012 by jennroig in Fiction
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El portero se apura a abrir la puerta. Henry lo saluda con gesto mecánico y el hombre se queda con expresión de extrañamiento. Detrás del cristal la chica debe preguntar dos veces cuántas fichas quiere. La noche es de lujo, dice Henry, mientras saca un fajo de billetes. Cada centavo de los derechos de la última novela. Mientras le pasa el grupo de fichas, ella le celebra la camisa, le queda muy bien y ha perdido mucho peso. You must be working out, Mister Henry. Él la mira, consciente del intento falso de seducción. Pero le gusta. Ciertamente esta chica se parece en algo a Tanya.

Cuando entra al salón la voz se corrió. Todos saben que Hache Miller va a jugar en grande. El encargado de la sala lo guía en persona hasta la ruleta. Una mujer de rojo se le cruza y le sonríe. Henry piensa que Tanya pensaría cómo todo es un cliché.

Déja vu. El ritual se repite y todos saben su parte en la secuencia ensayada. Henry se acomoda en la mesa, sin tener que mirar para saber que el sommelier ya está ahí con la copa de vino, tinto, joven. Lo siguiente sería bajar la mano para sentir los muslos firmes de Tanya, para calentarse los dedos cerca de su sexo. Pero Tanya hoy no está.

La realidad elige otra ruta. Ahora la tela sobre la mesa se siente exactamente igual que el vestido de Tanya. Y de momento la piel de Tanya cubre las fichas que el empleado le alcanza después de anunciar que ha ganado el 25 rojo impar. El número de la casilla donde él había dejado una ficha de mil. Son de un blanco hueso. No, blanco marfil. Como la tonalidad de la nuca, o de ese lugar detrás de la oreja, antes del nacimiento del pelo. Henry gana. Aunque esa noche salió a perder.

Salía a ganar aquella noche en París. El empleado ahora, como entonces, hace girar la ruleta. Hagan sus apuestas. Lo que no va a suceder esta noche es regresar a la habitación con Tanya, y amanecer con ella, y despertar antes que ella a tiempo para verla dormida, desnuda, que es cuando más bella es. La bolita da vueltas como loca saltando entre los números de la rueda. Desde que regresó de París deja encendida la luz del botiquín del baño. Pero esa mañana pasó algo extraño. Cuando se miró al espejo, no vio su imagen sino una luz. Quedó tirado en el piso por más de media hora, sin querer abrir los ojos. Los jugadores se inclinan adelante, tensos. Tanya duerme desnuda y es inquieta y la sábana siempre amanece en el suelo. No más apuestas. Alguien aguanta la respiración y el reloj anda más lento. La luz del botiquín se le mete en el cuerpo, o quizás se le sale. Cuando él regresaba al cuarto, se tendía al lado de ella, que instintivamente se pegaba a su cuerpo. Ese amanecer en París él recogió la sábana y la cubrió de nuevo. 42 negro par. El murmullo se eleva. Hache Miller ha ganado de nuevo. Se lo había jugado todo.

Lo separan de la mesa unos señores que amablemente le sugieren probar otros juegos. Algo como el póker sería más emocionante para una mente como la suya, no un juego donde manda el azar. Henry les sonríe con la mitad de los labios, siente un cansancio inmenso y le palmea el hombro a uno de los señores que resulta ser el gerente, Cálmese, amigo, ya ha sido suficiente.

Henry abre la puerta de su habitación, su penthouse en el piso más alto. Siempre se hospedaban en los pisos más altos, porque a Tanya le gustaba salir al balcón a tomar desnuda el sol de la mañana. Y Henry odia la idea de que alguien más vea la desnudez de Tanya, y por eso paga más caro por la altura, porque tan alto nadie puede verla. Ahora Henry está solo en el mismo balcón donde antes Tanya se doraba la piel, vestida sólo con gafas oscuras.

Henry mira abajo. La calle, la fuente ridícula de delfines. Esa noche en París lo había perdido todo. Se lo dijo a Tanya antes de dormir, se quedó acurrucado en sus senos, respirándola. Baby I´m so sorry, I never meant it to be this way. Tanya le respondió don´t worry sweety, you´ll be fine. You´ll be fine. Tanya no tomó el sol a la mañana siguiente, y él despertó cuando sintió la piel fría al buscar el calor de su sexo. Ahora Henry se siente tendido en un colchón de aire. Mira los rostros de la gente, con los ojos agrandados, y las bocas abiertas gritando en silencio. Mudos. La cara de Tanya aparece de pronto. Henry no siente el peso del cuerpo al fin de la caída.

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