Recostado al balcón

Posted: August 2, 2012 by jennroig in Fiction, Reviews, Spanish
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Luis Alfredo Vaillant

Desde un piso veinticuatro la ciudad es un conglomerado de azoteas. Las azoteas un almacén de antenas, tendederas, palomares. Desde lo alto, la ciudad es plana, pierde los contornos en un mapa de paredes derrumbadas y parques sin bancos. Al bajar, la ciudad toma otra dimensión, la repetición de los años. Al andar las calles, seres de cuanto sexo existe se revelan masa informe, inconexa, inconforme. En el asfalto, intervalos de nubes y sol, luces y sombras, dan cuenta del tiempo que escapa. Mientras, las olas se estrellan contra el muro del único litoral posible y salpican a los transeúntes.

El voyeur, quizás, de buena o mala fe, sea Luis Alfredo Vaillant, poeta y/o narrador, en cualquier caso cronista urbano que en medio de la mudez de una ciudad sin graffiti, «se roba las historias y trata de escribirlas» en un intento de grito alternativo, vocal, solitario. Desde su balcón del piso veinticuatro observa, espía, mientras fuma, la sumatoria de acciones cotidianas de una realidad «mixtificada actual sucia, escatológica, limpia, pintada, nueva, postmoderna, apocalíptica o como sea» para traducirlas en historias.

Foto: Gustavo Torres

Náufragos, colección de cuentos de Vaillant, ganadora el Premio David en el 2005 y publicada por fin en el 2007 por Ediciones Unión, trata desde sus páginas de dar voz a personajes oscuros, solos, agobiados, necesitados de una causa para morir, desesperados por la convicción de que sobremueren en vano. Siete relatos donde todos los sentidos se agudizan para colmar la imposible ansia de sexo y carne; para hartarse de olores, buenos y malos; para escuchar ecos de Rita la única y el timbre de Lennon, en un Let it be mortal; para lamer cuerpos desnudos y beber la sangre que se derrama en coágulos de los cadáveres de las víctimas propiciatorias.

En cada cuento alguien es condenado a morir, pero su destino debe cumplirse con violencia: una soga alrededor del cuello de Lucy, en la tierra y sin diamantes, «para quien el cielo es una posibilidad remota», que se retuerce mientras se le acaba el aire y su amante mirahuecos la observa, esta vez sin salvarla, para ver si de esta la muerte lo saca de la monotonía. O el mensajero-matarife, que aparece sacrificado junto a la vaca que debía descuartizar. O el médico legista a quien su esposa prepara la trampa: un busto de bronce que le rompe el cráneo al caer desde lo alto de un librero.

Cada uno de los personajes circula como cualquiera de nosotros por una ciudad de ángulos desdibujados, que podría ser otra ciudad del mundo como San Juan o Montevideo, con un muro de las lamentaciones que la separe del mar, si no fuera, definitiva e inexorablemente, La Habana. La Habana de solares, de noches oscuras y lunas brillantes, de brisas marinas, un laberinto donde no importa qué ruta elegir, porque todos se sienten condenados a vivir sin alcanzar un deseo demasiado lejano: «escapar de lo neutro, el sinsentido».

Náufragos es, en fin, una vitrina de seres que al tomar una decisión, enfrentan «el comienzo o el final de su camino».

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