Después del ciclón

Posted: August 6, 2012 by jennroig in Fiction, Spanish, Women don't Cry
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Frente al espejo mi cara se ve en el centro rodeada de azul. No importa saber qué hay fuera de esa superficie; el ruido del mar completa el sentido del cuadro: un rostro en medio del azul.

Mi cara, en medio de la profundidad del mar, todavía conserva restos de color… Aunque sería mejor frente al muro roto, como entonces, al principio. Dormir quieta por horas, o sentarme con los pies cruzados, como ante una puerta abierta.

Las olas destruyeron el muro hace tres años, durante el último ciclón. Más tarde anunciaban la fase de alerta.

El huracán categoría tres cruzará la isla por las inmediaciones de la capital. Se aconseja a la población mantenerse informada y cumplir las medidas de la defensa civil… Parte de medianoche interrumpido por apagón. Ecos lejanos de portazo.

Lo vi asomado a la persiana. Hacía aquel sonido de “s” que solía crisparme los nervios. Pero alguien que sisea a medianoche desde una ventana desconocida debe estar muy desesperado.

 

Cápsulas de Sueños… Impaciencia… Adiós, no me escribas más… Eres como una pista de despegue, ¿quieres ser mi novia?

 

Abrí la puerta y se volteó de espaldas. Quiso correr pero le corté el paso. De haber aparecido un minuto antes yo no estaba sola, entonces lo habrían golpeado como un animal sucio. Un minuto después los teléfonos estaban cortados por la fuerza del viento… una coartada perfecta. No algo para pensar en el portal.

Me acerqué. Lo toqué. Era un animal asustado. Diez minutos más tarde era un animal sumiso, camino a la plaza.

Le conté que tampoco me veían. La invisibilidad es un estado concreto al que una termina acostumbrándose. Fue cuando el viento comenzó a soplar aún más fuerte.

Escalamos el muro. Todos los pueblos de mar tienen muros que interfieren al mirar al horizonte. Le temblaban las manos cuando empecé a desnudarme. Una no puede menos que desnudarse ante una criatura inerme.

Lo sentí. Me fui tiñendo de abajo a arriba, desde los pies hasta cráneo y el pelo también. Ojos, manos, rodillas… rojo más intenso por los senos y el vientre. Casi pastoso, casi tocable.

 

La gente a veces es como los colores de sus casas, pálidos y desteñidos. No se darían cuenta si anduvieran desnudos por las calles, no se verían los unos a los otros. Creo que no lo hacen porque se asustan al verse en sus propios espejos.

La desnudez es algo más que una apariencia física. Pocas veces se está desnudo, verdaderamente desnudo. Para eso debe uno romperse las costillas y perforarse las vísceras o dejar que las ropas vuelen con el viento de ciclón frente a alguien que deja de respirar.

Pero el precio es que ninguna tela logra volver a cubrirte.

Yo desperté al amanecer, recostada a las escaleras de piedra que bajan hasta el mar. Me vi las manos rojas, un rojo más claro en las uñas.

 

Últimamente paso las tardes frente al espejo. Veo perderse la intensidad del color rubí de los hombros, atenuarse el rojo rosáceo de las mejillas y la frente y el rojo carmín de los labios; el rojo naranja de los cabellos casi desaparece. Pero encerrada entre la mancha azul del mar por todas partes el contraste parece revivir la ilusión de conservarme visible.

Sin embargo, la decoloración no se detiene. Ni siquiera al mirarme en los ojos verdes que guardo separados en una cajita y saco por tres horas, después de medianoche. Siento lo mismo que al sentarme con los pies cruzados sobre el muro: miedo, mucho miedo, de volverme transparente.

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