Encuadres

Posted: August 21, 2012 by jennroig in Fiction, Spanish, Women don't Cry
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Rivera: Mural

Medianoche. Tiempo cero. Indefinición. Apocalyptica. Volumen bajo para que no despierte mi madre. Documento en blanco.

Dazra llamó. ¿Qué haces? Ven, acabo de escribir algo, quiero que leas.

Siempre leo lo que Dazra escribe. Ella es una mujer sin edad. Se lo he dicho varias veces. Últimamente me hace caso. En la historia, Orlando la fotografía mientras ella, desnuda, escribe. Orlando a veces duerme en mi cama, desnudo. Dazra lo sabe. Pero el cuerpo de Orlando es un templo público.

Me ajusto el pantalón a la cadera y recojo el ajustador. Se abrocha a la espalda, y por eso tengo que tratar varias veces. Es una foto sensacional, dice Orlando. Dentro de su encuadre caemos una golondrina geométrica que me dibujó Dazra y yo. El pelo me ha caído de manera que cubre hombros y senos. Olvídalo, bebé, tú nunca me vas a fotografiar. En mi mente queda muy claro que en el momento que permite que el obturador de la cámara de Orlando se dispare y me capture, parcial o totalmente desnuda, será todo, hasta ahí, un minuto después ya quedé a un lado del camino, sin penas ni glorias. En cambio, si lo contengo, y no lo permito, paso a ser antologable.

Orlando colecciona fotos de mujeres. Guarda en su casa, escondidas en una pequeña bolsa de tela, las fotografías de todas las mujeres con las que ha estado, y ha retratado desnudas. Un día soñaba que moría aplastada bajo los miles de cuerpos desnudos que Orlando atrapó en sus diapositivas. La idea no me agrada.

Domingo en la noche. Dazra viene porque escribí algo. Ella siempre me lee. La voz de Orlando en el teléfono reclama que le cuelgue ya, si ese ser diabólico entró en tu casa no puedes seguir hablándome, mejor, terminaré atravesando la ciudad en esta hora de luces rotas y buses fantasmas inexistentes.

Dazra no conoce a Orlando. Si acaso se han visto un par de veces sin darse las manos. Ella es silenciosa, metódica e irónica. Él es escandaloso, desordenado y paródico. Tal para cual.

Sentadas delante de la computadora, le muestro mi nota. Una esquirla personal, parecida pero distinta a la suya.

En la portada de un libro aparece una foto de una mariposa posada en el hombro de una muchacha. La hizo Orlando. Me contó que la mariposa se mantuvo quieta porque estaba a punto de morir. El libro habla de raros habitantes de la ciudad, sobremurientes de un tiempo cíclico, de un viaje sin retorno hacia el propio cuerpo.

Dazra lee sentada ante de la computadora. Yo, detrás de ella, mentalmente me como las uñas. Al frente, la golondrina geométrica que me regaló dibujada en una hoja de papel, nos contempla.

En algún punto de fuga entre la realidad y mi imaginación, escucho un toque insistente en la puerta. No te muevas, le digo a Dazra, voy yo. Escaleras abajo, sin preguntar quién es, abro la puerta dando paso a la entrada de Orlando que como un ciclón me sacude los hombros. Dime, ¿ese demonio está aquí? Te lo dije, no me perdonaría que estuvieran solas confabulándose contra mí y yo desprevenido. Lo veo subir.

Dazra lee “un ‘grito mudo’ como acto de resistencia o tal vez como trunco rapto de locura a manera de malabar libertario”. No es una frase mía, me la escribió Ahmel en la dedicatoria. He recorrido media ciudad, escucho la voz de Orlando desde las escaleras, qué digo, la ciudad y media para encontrarlas, ustedes iniciaron la literatura del siglo XXI y yo no puedo permitir que me dejen fuera, ¿me aceptarían como hermanito menor?

Orlando es así. Un aparato diseñado para flirtear. Dazra lo mira en silencio y sonríe. Él no necesita más para sentarse en sus piernas.

Dazra lee que yo también emigré hacia mi cuerpo, convirtiéndolo en la única verdad posible. No puedo soportar su rostro inexpresivo en lo que espero el veredicto y me voy a buscar la banqueta de mi madre. Le dejé a ella la silla del buró. Siempre me masturbo en la silla del buró. Espero a que mi madre duerma, pongo el seguro a la puerta y me desnudo. Apoyo los pies a ambos lados del teclado y comienzo a jugar con mi clítoris. Después del primer orgasmo, estoy lista para soltar las palabras que tengo dentro.

Dejo a Dazra y a Orlando solos. Él, como de costumbre, restriega sus nalgas contra los muslos de ella, que lo deja hacer. Abajo, en el bolso azul que le regalaron a Orlando por su cumpleaños, encuentro: dos Esquirlas, un lapicero, el cadáver de una mariposa, la billetera con el carnet de identidad y doscientos pesos, un frasco con las cenizas de William Saroyan, una libreta de teléfonos repleta de nombres de mujeres y por fin, la Canon.

Confío en la vocación fotográfica de Orlando. Asumo tiene colocado un rollo de veinticuatro fotos. Seguramente Konica. Subo.

Escucho risas. Ya Dazra no está sentada delante de la computadora. Hace girar a Orlando que tiene una venda sobre los ojos. Ella se aleja dejándolo mareado y él da pasitos torpes con las manos delante. Encuadro. Foto uno. Orlando con los ojos cubiertos por un pañuelo y los brazos extendidos hacia mí, al fondo las persianas abiertas y a lo lejos un crucifijo de neón azul. Foto dos. Dazra sonríe. Foto tres. Yo, en el espejo, la Canon sobre el rostro.

Orlando voltea, atrapa a Dazra y se quita la venda. La abraza. Entonces me ve reflejada en el espejo. Acércate tú también, Jota Pe. Participa. Se acercan a mí y me besan en ambas mejillas. Agradezco pero no quiero. Prefiero ver cómo ambos se echan en mi cama y Dazra le pellizca la barba. Encuadro. Foto cuatro. El collage que armamos juntas Dazra y yo que está colgado a la cabecera de mi cama, desde una de las imágenes, Juan Pablo II mira interesado cómo Dazra, a horcajadas sobre Orlando, se quita la blusa. Deberías unirte, Jota Pe, aunque te ves hermosa con mi cámara en la mano. No me dejas retratarte pero esas fotos serán tuyas también.

No dejo de retratarlos. La serie de fotos podría convertirse en una película. Foto cinco. Dazra y Orlando hacen el amor durante un tiempo demorado. Foto seis, siete, ocho, veintitrés. No alcanzan. Pero queda una. Encuadro. Orlando, desnudo, sobre Dazra, desnuda, de fond. En primer plano desenfocado, yo. Se acaba el rollo. Me tumbo en el piso. Los miro. Nunca he dejado que Orlando me fotografíe.

Me gusta, Jota Pe, me parece bien. Ahmel se va a poner muy contento. Dazra palmea mi muslo cuando termina de leer. Como de costumbre, se inclina dejándose caer en la silla. Me gusta esta silla, Jota Pe, una se deja caer y suena, rechina, me provoca cosas.

 

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