Hija del agua

Posted: September 15, 2012 by jennroig in Fiction, Spanish
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Analí nació en el extremo del mundo. Una tarde nublada, cuando el cielo por fin decidió soltar unos goterones que dejaban en la tierra agujeros como piedras, su madre sintió corrérsele un líquido entre los muslos y supo había llegado el momento. Le gritó al marido buscara a la partera y se fue a la cama todo lo rápido que le permitieron los dolores y la panza enorme.

Al verla entre pañales su padre se decepcionó. Era hembra y parecía una lagartija contrahecha. La barriga tan grande de su mujer… ¿no era para varón? Aunque él se tragó su pregunta, la comadrona le leyó los ojos. Había mucha agua, su niña es hija del agua. El hombre volvió a mirar el bulto largo y flaco y dudó tuviera nada que ver con agua un ser de pellejo tan prieto.

Pero Analí cambió. Allá en el faro donde vivían llegaba poca gente, pero quienes se aparecían de vez en cuando felicitaban al matrimonio por su hija hermosa. El cabello se lo volvió muy negro, casi azul como el mar de noche. La cara se le puso blanca casi traslúcida, como espuma de ola. Y para rematar unos ojos del mismo tono de las playas poco profundas.

Aunque sin nadie con quien jugar, Analí fue feliz. Seguía al padre cuando él iba a cazar al monte y mientras él se internaba entre los árboles, ella esperaba recolectando caracoles. A ratos se metía en las cavernas, porque le gustaba el eco. También adoptó una iguana de mascota, una que se apareció en la puerta una mañana luego de una tempestad. Pero lo que más divertía a Analí era salir cada vez que caían los chaparrones en la tarde. Corría bajo la lluvia hasta la playa, y se metía al agua que entonces estaba lisa como plato.

Únicamente tenía una prohibición: acercarse al risco. A cien metros de la casa se desbarrancaba una pendiente, una pared vertical que aguantaba en lo bajo el golpe furioso de las olas. Un día el padre la llevó casi hasta el borde en brazos. Ella quería bajarse, pero él no la soltó por miedo que se cayera, aunque le dijo entonces que era porque ella iba descalza y no podía caminar sobre el diente de perro. Alcanzó a ver las olas, y la espuma. Una espuma blanca que al estirar la mano, fue inalcanzable.

A los once años, sin una razón precisa, se le pegó una tristeza que le borró la sonrisa. Sin un motivo aparente, la madre no entendía el cambio repentino que le había puesto a su hija aquella mirada taciturna. Luego, cuando la esposa empezó a toser sangre, el padre supo que Analí venía de un lugar que él no había estado nunca.

Ninguno de los remedios que le puso la curandera a la madre sirvió. Tampoco las pastillas recetadas por el médico que venía una vez al mes. Una noche neblinosa, de mucho frío, el faro retumbó con una tos muy fuerte, y después silencio, que se rompió nada más al día siguiente cuando su padre paleaba la tierra sobre la tumba donde puso la cruz. Desde entonces, le quedó prohibido a Analí mojarse bajo la lluvia. Si desobedecía, él la encerraría con llave.

Todo un año pasó Analí sin salir de casa, sin exponerse al sol o al sereno. El farero había llegado a amar tanto a la hija, y se aterraba tanto de perderla, que ni concebía el mínimo riesgo de acompañarla a la playa. Había tanto peligro en el mundo y Analí parecía tan endeble, que a pesar de que la chica miraba con nostalgia al mar por la ventana, padre la vigilaba para que no saliera. Y cuando se iba, de cacería, de pesca o al pueblo para las compras del mes, dejaba la puerta trancada desde afuera. Dentro, la chiquilla no tenía más que hacer excepto mirar por horas el horizonte mientras pasaba la mano sobre la piel áspera de la iguana.

La mirada se le volvió fija, y los ojos más aguados de tanto mirar al mar. Sin espejos grandes, Analí no advirtió los cambios en su propio cuerpo, hasta un día que chocó la cabeza contra un estante alto de la cocina. Ahí notó la falda más corta, y cuando se sintió los pechos y sintió el ancho de las caderas, entendió que había crecido.

Un día, en lo más alto del faro, Analí vio gotas de lluvia. Iba a bajar para cerrar las ventanas cuando se percató de que no se escuchaba el repiqueteo en el techo. Respiró, tampoco olía a resaca. Contempló nuevamente. No era llovizna, era como un polvillo mínimo, que flotaba en el aire. Se pegó al cristal, encantada con la danza de aquellos puntitos, imaginándose las figuras invisibles que formaban en el aire. De pronto los puntos desaparecieron y comenzó un aguacero que sí armó la algarabía en el techo.

A partir de entonces, Analí podía ver el polvillo momentos antes que empezara a llover. Y su padre creyó todavía más que su hija era mágica, porque cada vez que decía que iba a llover, justo se abría el cielo y empezaba a caer el agua.

A partir de entonces Analí ya tenía permiso para salir, a condición de que cada vez que el polvillo blanco se le apareciera, corriera a la casa a guarecerse. La primera vez que salió al sol, le picó la piel, pero no importó porque estaba recuperando los colores que había olvidado. Por fin la piel perdió aquella palidez opaca y volvió a tener el brillo de espuma salada. Aunque lo mejor fue poder verse de cuerpo entero en la superficie mansa de la laguna cercana a las cavernas.

La víspera del cumpleaños dieciocho, Analí estaba sola, sin saber que su padre había salido para comprarle un regalo. Sentada en el escalón del portal, cerca de la tumba de la iguana que ya había muerto, veía cómo se cambiaba la forma de las nubes a medida que recorrían el cielo.

Notó que el rumor de las olas en la orilla era más vivo que de costumbre. Estaba a medio camino para llegar al risco y asomarse a ver las olas, cuando de repente los punticos blancos surgieron. Analí mantuvo la vista fija, hipnotizada. Trató de definir las figuras que contorneaba el movimiento azaroso de aquellas cosas parecidas a diminutos insectos blancos.

Analí alzó las manos abiertas, se acumularon en las palmas los cuerpecitos extraños, sin posarse. Giró sobre sí misma y se vio envuelta en un halo blanco. De pronto la naturaleza se había callado. No se oían los animales ni los árboles, sólo el rugir del mar contra las rocas al pie del risco.

El viento le revolvía el pelo que le azotaba la cara y los hombros. Analí miró hacia arriba. Los cuerpecitos extraños, con formas de estrellas, erizos, y caballitos de mar, subían y bajaban del cielo a la tierra. Cerró los ojos cuando una gota de agua la rozó entre las cejas. El aire olía a húmedo, a hierba mojada. Otra gota cayó, en el centro del pecho. Se le cortó el aliento a medida que bajaba por el resquicio entre los botones de la blusa.

Abrió la boca y un cristal de agua le cayó en la punta de su lengua. La lengua recorrió los labios desde el centro carnoso hasta las comisuras. Cada gota era un sabor en la boca. Huellas líquidas en el cuello, la frente, los pies descalzos. Detrás, la casa estaba abierta, pero no se preocupó en cerrarla a pesar de que un trueno advirtió que esta vez, no escamparía rápido.

La lluvia fue gentil, pertinaz, omnipresente. Analí cerró los ojos y dejó que las gotas le pegaran la blusa a la piel, y cuando la lluvia arreció se quitó la falda para sentir la cosquilla del agua que le salpicaba en los muslos. El cuerpo le lanzó un clamor desconocido mientras ríos le surcaban la espalda, circundaban la curva de las nalgas y bajaban a delinear las piernas. Cuando arreció un espasmo le dobló las rodillas. Analí se tumbó en el suelo, sin abrir los ojos. Era como sentirse acariciada a la misma vez por muchas manos, miles de bocas sobre su piel. La lluvia arreció más aún y la figura de Analí fue desapareciendo entre la cortina de agua.

El cielo vertió toda la lluvia del mundo. En un momento, cuando Analí abrió los ojos, vio ante sí un espejo de agua. Analí nunca se había visto desnuda de cuerpo entero. Vio un ser hermoso, solitario, que le extendía los brazos, pero cada vez que daba un paso para alcanzarlo, la silueta se escabullía. Paso a paso persiguió aquella visión, sabiendo que si no atrapaba la belleza de aquella criatura, jamás dejaría de arrepentirse. Corrió sin sentir los pinchazos del diente de perro. Siguió adelante hasta flotar, hasta volar por los aires y abrazar la silueta en la superficie del mar. Analí degustó el sabor salado de las olas un segundo antes de transformarse en millones de gotas diminutas que saltaban sobre las rocas y se tornaban en espuma.

Cuando el padre llegó había escampado. Las ranas croaban en los charcos que aún no secaba el sol. Se sorprendió al ver la puerta abierta y tragó en seco cuando atisbó la falda tirada en la tierra, a cincuenta metros entre la casa y el risco.

Llamó. Tuvo miedo del silencio que no se quebró con una respuesta. Entró a la casa, y revisó cada habitación. Subió hasta la cima del faro que estaba vacío. Volvió a salir gritando el nombre de la hija, hasta que se calló, y se le escapó de las manos el regalo envuelto.

Por una semana los pescadores de la zona ayudaron a buscarla. Pero el rastreó se dio por terminado cuando encontraron una blusa blanca en la orilla, enredada entre maderos de un árbol caído a medio kilómetro del faro.

El faro permaneció apagado por tres noches seguidas. Al cuarto día, bajo una llovizna ligera, el padre de Analí bajó a la playa. El hombre que no tenía lágrimas propias, las tomó prestadas de la lluvia y las gotas de las olas que le salpicaban el rostro. De pronto, le llamó la atención una figura extraña a pocos metros de él, flotándose sobre la superficie, como un espíritu del agua.

Súbitamente él recuperó la imagen de la lagartija prieta cargada por la partera y la explicación de aquella resonó en su memoria: su niña es hija del agua. Se esfumó la opresión en el pecho, y entonces escuchó risas y el susurro de la voz juguetona. El hombre, por primera vez en muchos años, se rió mientras saludaba con una mano al horizonte.

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