La estación

Posted: September 21, 2012 by jennroig in Fiction, Spanish
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– Hace mucho no crecen los plátanos –dijo en un susurro, casi a sí misma.

Era hermosa. La recuerdo con las manos apoyadas en la baranda. Los ojos le vagaban sin rumbo más allá del jardín, más allá del río, más allá de los cerros donde se perdía la carretera. Entonces yo era demasiado joven para entender nada, pero oírla bastó para entender que algo más andaba en su cabeza. Pero el sol me encandiló al mirarla. El sol que se ponía tras su cabeza. Entrecerré los párpados y vi su cara, aquella expresión concentrada, aquel morderse el labio. Sabía que estaba lejos, lejos, lejos…. Pero al mismo tiempo seguía allí, hermosa, tan hermosa. Sabía que pensaba en Pae. Lo vería allá en su hacienda, encerrada entre platanales que se habían enfermado con la plaga luego de aquel ciclón único y loco.

De eso hace mucho, unos buenos veinte años. Cuando aquello no había relojes digitales, como ese de ahí, con esos dos puntos que no paran de saltar. No como los relojes de antes, en los que la aguja del segundero marcaba el avance, siempre en la misma dirección, y lo ayudaba a uno entender cómo funcionaba el mundo. Yo me mordía las uñas, contaba los minutos, uno, dos, tres, cinco, diez… horas que ella pasaba trancada con Pae mientras yo esperaba afuera, sin dejar de mirar el reloj de péndulo colgado en la pared.

Tampoco me gustaba estar entre mucha gente. No me agrada aún, me pone nerviosa, pero entonces lo odiaba. Aunque ya no me da por gritar, como antes en las fiestas del Pae. Demasiadas personas se agolpaban alrededor de las mesas de comida. Yo casi siempre me escondía debajo. Veía los pies de las mujeres en tacones altos, sus dedos eran horribles. Solamente una tenía los dedos de los pies lindos y era ella. Me sacaban cuando la Nanía aparecía corriendo para avisar que no estaba durmiendo en mi cama. Varias camareras de servicio ayudaban a Nanía. Siempre una miraba bajo mi mesa y avisaba. Ella aparecía y me halaba por cualquier lugar que agarrara, un pie, un hombro, un brazo. Me clavaba sus dedos como púas y aunque me desgañitara gritando, no me soltaba. Me arrastraba puertas adentro y justo antes de cerrar con gancho, me daba cuenta de que ella me miraba seria, triste, mientras Pae le pasaba la mano por la cintura y la apretaba contra sí.

Pero una estación de buses no es lo mismo que una fiesta de negocios o de cumpleaños. Nadie se conoce. No se paran a saludar ni a hacer comentarios, a no ser para enterarse si el bus de la costa llega en tiempo o tarda mucho en salir el que va a la montaña. La primera vez que estuve en una estación fue Nanía quien me llevó. Esperó conmigo en silencio, en un banco largo. En un momento se levantó y me sujetó la mano y me haló. Una mujer perforó un billete y le indicó una caseta al final de un pasillo. Al llegar, Nanía se inclinó para darme un beso y se puso a llorar. Sin hablar más me empujó al otro lado donde otra mujer de uniforme me tomó de la mano y me condujo al bus para sentarme junto a una ventanilla. Yo no vi más a Nanía. Entonces, como Nanía era aprensible, no me preocuparon sus lágrimas que entendí después. Durante el viaje no paraba de preguntarme qué tenía que ver la lluvia de cenizas con que me enviaran a un internado.

La lluvia de cenizas ocurrió dos días antes. Yo practicaba en el piano cuando sentí una gritería y un corre-corre. Me asomé, todos los peones montaban los caballos, espoleaban con fuerza y tomaban rumbo hacia atrás de la casa. Ese día era una balada complicada. La práctica duró toda la tarde y constantemente escuché un ir y venir de pasos rápidos por el pasillo y las escaleras. Llovía cenizas. Caía como polvo y cubría las hojas de la begonia plantada en la maceta del balcón del lado, el de ella. Entonces la vi. La traían cargada, desmayada. Se armó el hormiguero y más gritos, hasta que sonó una puerta. El Pae salía a su balcón. Se quedó mucho rato inmóvil, observando en silencio.

No la vi más hasta después de años. Nunca dejé de preguntar por ella pero me contestaban con evasivas. Ni mi tutor ni el director del internado me contaban nada definitivo o exacto. Cuando cumplí la mayoría de edad ya era mi decisión indagar por mi cuenta.

Entonces fui por segunda vez a una estación. Me llamaron de usted al rectificar mi pasaje y me dejaron un asiento, de nuevo, junto a la ventanilla. Recuerdo algo del viaje, al menos más que del primero que lo pasé entre sueños y susto. Me acuerdo hasta de detalles, como el perro muerto en una curva que me dio mareos, la niña sola de la primera fila de asientos, que tosía insistentemente y lucía muy pálida, la verja de altos barrotes que decía en letras metálicas “San Patricio”.

Me recibieron y me dejaron un mapa de localización, con la advertencia de que era una instalación moderna, cómoda, bien equipada y con un ambiente de hotel, que no me perdería y que la única distinción entre empleados y usuarios era la placa enganchada al pecho. Para evitar sintieran las diferencias, me dijeron, antes de darme el número de su habitación.

Toqué la puerta. Abrió una joven desconocida, empleada, Lucía, según su placa. Me dejó espacio para entrar y antes de salir, me señaló el balcón. La vi sentada. Fumaba y tenía el pelo más corto, pero seguía hermosa, igual de hermosa que en mis recuerdos.

Hablamos… de mis estudios, de la casa en la ciudad, del gobierno… Pero no de Pae. Pero cuando se levantó y apoyó las manos en la baranda, supe que se había ido a verlo. Y mirándola recortada contra la luz del sol de fondo, me sentí como antes, cuando miraba el reloj y pasaban horas mientras ella estaba con Pae. Miré abajo, un zapato cerrado, acolchonado, escondía los dedos de los pies.

Cerré los ojos y al abrirlos, no estaba.

Subí a un taxi. Cuando doblaba en uve para ir de salida, la vi. Andaba por un pasillo de paredes de cristal que parecía no tener fin. Acariciaba la superficie del vidrio con la yema del índice al avanzar. Parecía flotar.

Se oye el aviso de una voz metálica que anuncia el arribo del ómnibus proveniente del Sur. Supongo que los dos puntos del reloj digital todavía palpiten. En una estación de buses no todas las puertas son de salida.

La veo bajar. Tiene el pelo cano y los dedos en las sandalias bajas han dejado de ser hermosos. Quizás el Pae murió demasiado tarde, un poco antes su locura no hubiera durado tanto y podría haber contestado a tantas preguntas.

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