31 de Diciembre: Historias de extranjeros

Posted: December 15, 2012 by jennroig in Chronicles, Spanish, Travels
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Se acerca el fin de año y una vez más, lo pasaré en una ciudad nueva, donde jamás había estado ni soñaba estar un año atrás. En esta etapa mi cerebro se pone matemático, y comienza a sacar las cuentas, a balancear, cuán lejos o cuán cerca está mi vida de alguna parte, o algún momento, o alguien. Confieso que a estas alturas casi siempre pierdo el rumbo de adónde quiero ir o es que realmente voy, y no tengo del todo claro si es pierdo la visión del futuro porque me nubla mirar atrás, o es que miro atrás para recuperar la perspectiva. Quizás es un poco de ambas.

Hace unos días hacía el recuento de mis tres últimos fin de año pasados en tierras distintas, Italia, Austria y Chile. Resultó una linda manera de refrescar e incluso recuperar memorias, y de darle a algunos amigos, espero que no a destiempo, las gracias.

Luego de hacerlo, se me ocurrió preguntar a quienes vi en conctados al chat, o en skype, que sabía habían pasado también las fiestas en tierra extraña, que me contaran. Y entonces surgió la idea de pedirles no sólo que me contaran, sino que escribieran para mí lo primero que se les ocurriera de esa memoria. A todos les dije: no se trata de un ejercicio de escritura, sino de sentimiento y recuerdo, escribe lo primero que te venga a la mente, aunque no sea cronológico, y aunque parezca incoherente.

Este es el primer texto de lo que deseo sea una serie. Es de una amiga, quien me pidió no usara su nombre. Si algún amigo común la reconoce, por favor, guarda el secreto.

Norteamérica, 2010

Durante años estudié y viví en la Habana. Aunque pasaba el año entero lejos de la familia cada fin de año volvía religiosamente a mi casa en provincias. El 31 cenábamos todos, bailábamos todos con todos, hasta que a las 12 sonaba el himno en el televisor y todos se detenían a escuchar. Y después venía el abrazo colectivo, la cerveza, y el “atajen a mi abuela que se lo come todo, que esa vieja no cree en nadie cuando se trata de carne de puerco”.

Volver y abrazarlos cada año es un atracón de alegría con efecto regenerador que en 24 años se convirtió en un ritual inquebrantable.

Era el invierno del 2010 cuando recién salí de Cuba. Hacía unas semanas había cumplido 25 años. Fue un aniversario extraño, a 11 grados bajo cero en compañía de una roommate india que me hacía la vida miserable. De madrugada me despertaban sus cantos frente al altar, sus inciensos y adornos. Y sus fósforos que tanto usé a escondidas para encender mis cigarros con permiso del dios Elefante.

Era el 25 de diciembre y luego de una tarde de llanto incontrolable, decidí revisar mi email y ver quién se había acordado de mi cumple.

“Tal vez dentro de 15, 25, 0 60 años, esta niña diga con orgullo: el día que nací recibí mi primera lección patriótico militar”. Así rezaba uno los periódicos locales donde se anunció mi nacimiento. Se me ocurrió venir al mundo un día de las fuerzas armadas, justo el año que se incluiría simbólicamente en las tropas al primer bebé que naciera. Ese bebé fui yo, que a pocas horas de nacida firmé con los mini deditos embadurnados en tinta el carnet de membresía de las Milicias. Cada año era visitada por miembros del ejército que venían a chequear mi estado de salud y proveer víveres. No tengo ningún recuerdo opresivo de la época, pero las fotos de mi primer aniversario, vestida de verde olivo, un batallón uniformado en la fiesta y una piñata en forma de yate Granma, son un desafío para los semióticos del realismo socialista.

Después todo cambió en Cuba y me olvidaron. Y 25 años más tarde esa misma milicianita, a quien hasta le escogieron el nombre en honor a una heroína, decidió no regresar. Adiós a los 31 en familia y la irremplazable carne de puerco. Al carajo el himno frente al televisor. Hasta quién sabe cuándo el abrazo de mi gente cuando llegan las 12 en punto.

Todo eso llovía o más bien nevaba sobre mi cabeza en una ciudad ajena, blanqueada por la Navidad. El mayor sinsentido asalta al ser humano cuando no entiende por qué se regocijan los otros. Ese día decidí comer carne de puerco. Salí a la ventisca temerariamente desabrigada y entré al primer local que encontré en el camino: un restaurante asiático con un menú impronunciable donde distinguí a duras penas la palabra “pork”. Y lo compré, me fui a casa y me senté frente a la compu a llorar y a comer sola, mirando mi bandeja de entrada vacía, inaccesible a mis familiares por la falta de Internet.

Como a las 10 de la noche desperté acalambrada de frío aún con el plato sobre la cama. Encendí la calefacción y de pronto recordé que muchos años atrás había abierto una cuenta de correos que nunca había vuelto a chequear. Para mi sorpresa descubrí un mensaje de hacía apenas 3 horas. “Hola, No sé si te acuerdes de mí porque en realidad no nos conocemos. Yo soy el muchacho que una vez te evitó una cola en el teatro Trianón y luego otra vez coincidió contigo en casa de A. durante una parrillada a finales de julio. Si te enseño una foto mía seguramente te acordarás pero prefiero que te acuerdes de mí sin más señas”.

Y me acordé de pronto.
De un ángel rubio con el que me había tropezado un par de veces en La Habana y de quien nunca había sabido el nombre. Y con el súbito recuerdo de aquel ángel y las parrilladas que ya nunca volverían, vino un lagrimón que calló directamente en el teclado.

“No sé dónde te encuentres hoy. Hace 5 meses estabas en La Habana, y sería una gran noticia que vives en Madrid al doblar de mi calle, pero sería también mucha casualidad.

“Hoy he estado haciendo un recuento de lo que he hecho y lo que no hice desde hace un tiempo hasta hoy. Y me he acordado de ti, de que alguna vez quise conocerte y que de hecho todavía quiero. Sé que fuéramos amigos si hubiera existido una pequeña circunstancia que lo hubiera propiciado”

Le respondí de un tirón. Que ya no estaba en Cuba y que su correo le había evitado la muerte por depresión a una joven cubana en la flor de la vida. Me respondió: “A las 12 de la noche un cubano pensó en ti desde otro continente.

Y desde entonces seguimos escribiéndonos. Después de muchos meses de conversaciones online, de bombardeos de e-mails, risas de colores y la epopeya de conseguir su visa, llegó mi amor un día de noviembre. Justo a tiempo para celebrar el fin de año juntos. Sin himnos frente al televisor, sin televisor, ni arientes ni parientes. Botados en una tierra extraña, inmensamente felices de este encuentro. Aunque los fines de años sigan siendo igual de desgarradores.

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