La Navidad de Enmanuel

Posted: January 23, 2013 by jennroig in Chronicles, Spanish
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Para recordar los fines de año, les pedí a mis amigos que escribieran de ocasiones en que hubieran pasado la víspera en un país extranjero. Amigos míos al fin, han ido escribiendo de lo que más les conviene o les entra el deseo. Como Enmanuel, que escribió sobre La Navidad.

Por Enmanuel Chávez

Siempre fui presa del desapego. La navidad nunca llegó a cambiar eso, por lo tanto me parecía genial la idea de mi padre de siempre pasar la Navidad fuera, lejos y no participar en esos rituales donde el familia es el eje central. Ya estaba acostumbrado a recibir el año en la playa, la montaña o en alguna ciudad extraña en lo que todo se resumía a una cena, a un abrazo y a planificar la salida del día siguiente.

Pasticho venezolano

Pasticho venezolano

Sin embargo, una de esas Navidades, por razones del capitalismo, tuvimos que quedarnos en casa. La verdad, me daba igual, el entusiasmo nunca ha sido mi fuerte. Lo que me daba más curiosidad era probar de nuevo la macarronada de mi abuela (una suerte de pasticho típico de Venezuela).

Llegado el día, solo me animaba el maratón de los Simpsons  y las botellas de Whiskey gratis que me ofrecían, pero dentro de todo, prefería abrazar a mi iPod que a cualquiera.

Durante toda la noche no podía dejar de sentir esa sensación de extrañamiento, de alienación, ante este ritual que me parecía ajeno, hasta un poco ridículo. Incluso, cosa que debería estar prohibida cuando uno bebe, me puse a pensar. Más allá del resumen mental que se hace del año que acababa de terminar, no pude evitar sentir y pensar en mi soledad, esa soledad incómoda, pegajosa, que se mete en la dermis y uno no consigue cómo liberarse.

A mí no me molesta la soledad, incluso es algo que realmente atesoro, lo suficiente como para haber sacrificado varias relaciones en pos de ella. Sin embargo, esa noche no sé  por qué me atacó ese sentimiento desolador, de no pertenencia, de a pesar de estar rodeado de las personas con quienes más has compartido en la vida ellos se diferencian muy poco del extraño de la esquina, de la señora de la tienda o de aquel que estudió contigo y que ni su nombre recuerdas.

Esto fue hasta que mi primita, esa misma primita que finalmente me hizo llorar cuando fue a despedirme al irme a Cuba, vino a darme el abrazo de feliz año. Ese abrazo torpe e ingenuo, como son los verdaderos, terminó de desbordar en mí toda la cursilería que se asocia con esas fechas y que uno tanto desprecia.

El roce de esas pequeñas mantos de inmediato me sacaron del aislamiento auto impuesto, borraron de una esos pensamientos odiosos que a los darks tanto nos gusta cultivar y me hizo recordar los juegos de pelota en el patio de la abuela, las horas jugando Nintendo, los juegos que podían durar todo un fin de semana donde uno éramos los detectives y otros los ladrones, etc.

Después de ella soltarme, vino el brindis, los fuegos artificiales, la comida, los mismos  chistes viejos que siempre cuenta mi padre cuando se pasa de tragos, el vómito, la resaca. Pero de todo solo quedó un recuerdo, ese abrazo que me hizo recordar que sea como,  incluso a pesar de uno mismo, nunca se está solo.

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