El derecho a la Nostalgia

Posted: April 11, 2013 by jennroig in Commentary, Spanish
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Reuters

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Hay algo de humedad y penumbra en la palabra nostalgia. Si la mente tiene que buscar una imagen que represente el vocablo, probablemente recupere una vieja escena en la casa de la niñez, en un patio de juegos, o quizás el sabor del pan caliente en la mañana del domingo que se perdió para siempre.

Otra cosa que suelen tener en común esos retratos de la nostalgia es la soledad, paisajes neblinosos de bosques solitarios, el columpio donde nadie se mece, la cama vacía, la línea de ferrocarril por donde ya no pasa ningún tren, el armario sin ropa. Más que de soledad, se trata de ausencia. Hay algo de dolor suave y sostenido en la palabra nostalgia. Hay algo de definitivo.

Hace unos días vi en el muro de Facebook de un amigo una foto suya donde se refería a la nostalgia, e intentaba construir un concepto político que ahora no viene al caso. La emprendí contra él y su uso ligero de un sentimiento que entonces no quise concederle, sin entender bien por qué.

Me he pasado desde entonces rumiando mi reacción. Y es que aludir a la nostalgia se ha vuelto promiscuo.

Cirenaica Moreira

Cirenaica Moreira

Tal vez porque suena bien, porque es una palabra bella, la gente la atrapa y la usa. Pero de la misma manera que me molesta ver tantas películas de autor europeas que filman hermosamente la miseria habanera, aunque la miseria nunca debería de parecer hermosa, me molesta que se apropie de la palabra aquel que no tiene el derecho.

“Nostalgia” viene del griego. Los griegos en su momento juntaron dos conceptos específicos para construir uno nuevo. “Nostos” que es “regreso”, “algos” que es “dolor”, el dolor por el regreso. Cuenta la anécdota que la inventaron los soldados griegos mientras estaban lejos de casa. Nostalgia alude a un dolor muy preciso, el dolor de no poder regresar a casa.

En mi idioma, el primer significado con que se define “nostalgia” es la “pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos”. Es necesario haberse marchado del país, y saberlo irrecuperable, bien porque una ley impide el regreso, o porque luego de regresar se comprende que el lugar de la nostalgia ya no existe. Es como aquel río donde uno no puede sumergirse dos veces. Es la pena de echar de menos el hogar que habita sólo en el territorio de la imaginación o los recuerdos, por eso la nostalgia es una pena crónica.

Sólo después se reconoce como nostalgia la “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”.

Así, la nostalgia pertenece a aquellos que se han ido, y a aquellos que han perdido. Le corresponde por derecho a las diásporas, a los exiliados, descastados, emigrantes… y por generosidad a los huérfanos, los ancianos, los amantes abandonados, los presos, aquellos que enviudaron, o sencillamente a los que al crecer perdimos a amigos, al barrio… pero siempre, sin excepción, hay que perder algo.

Hay que rescatar la nostalgia para los perdedores. Hay que recuperarla de aquellos que se escudan en un deseo incumplido para usarla, pero que no han sufrido pérdida. Hay que recordarles lo que dijo Borges, que no existen sinónimos, que cada palabra es única en su sentido y obligarles a buscar su propia palabra.

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