La novela perdida

Posted: October 30, 2016 by jennroig in Chronicles, Commentary, Reviews, Spanish

Ayer tropezé de nuevo con la literatura cubana. Llegué a las 6:25pm a una presentación que debía haber empezado a las 6:30pm, y por supuesto arrancó a las 7:00pm. El Libro es Memorias del Equilibrio y el autor José Fernández Pequeño.

memorias-del-equlibrio-carita-266x400Fui a la lectura porque me llegó vía una invitación de Facebook, donde se describía el libro como de relatos existenciales. Y yo quiero, siempre he querido pero ahora más, encontrar el libro existencial cubano. La promesa no se cumplió.

Pero lo que hizo  la experiencia extemporánea es que no sucedió en La Habana, en alguna sala de la UNEAC o el Pabellón Cuba o La UH. Pasó en New York, en una sala de NYU y entre quienes supongo serían también cubanos emigrantes. Salvo una amiga neoyorkina que me acompañó porque le supliqué que fuera conmigo para que me sirviera como ancla a la normalidad. Mi normalidad.

Memorias del Equilibrio resultó no ser lo que estaba buscando, pero fue de todos modos un descubrimiento interesante, por lo distinto. Un tono que para mí es costumbrista, como el mismo autor dijo, “del habla no del lenguaje”, presentado por un narrador que en primera persona o a la sombra de esta creaba juegos espaciales. Costumbrismo entregado en una estructura de nuevo milenio, aunque ya ese tono lo iban teniendo en Cuba desde mucho antes de 1999.

He tratado de entender durante el día qué es lo que me irrita en libros como Memorias del Equilibrio. Va más allá de que en sí mismos sumen a la imagen de lo cubano como lo burdo, lo tosco, donde yo no quiero encajar. Como si lo cubano no fuera también Eliseo Diego y Dulce María. Porque por más que me rebele contra la imagen ultra publicitada de los bicitaxis, los cerdos en la azotea, la vieja chismosa del CDR, inevitablemente eso también es Cuba.

Va más allá del sexismo que se cuela en el uso de la mujer como personajes y su forma de hablar. No logro imaginar a ninguna de las mujeres cubanas que conozco diciéndole a un amante que “le gusta por lo puerco que es”. Pero quizás sí existe. Sólo que yo no la quiero conocer. No por purdor o puritanismo, porque leer sobre un glande turgente no es nada luego de haber leído a Zoé Valdés, o Jesús David Curbelo, o Henry Miller, ya el resto no sorprende.

Va más allá de la reafirmación del arquetipo sexista: “el habla popular cubana es masculina porque es dura, directa, sarcástica”. Como si las mujeres fueran incapaces de ser duras y crueles, directas y sarcásticas.

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René Peña

Creo que lo que más me molestó, no del libro que no he leído, y no leeré, sino de la experiencia en sí es la promesa rota. El no encontrar el libro existencial cubano que me defina desde adentro, al margen, o más allá, o por encima, de los momentos políticos, un acento o un habla, el edificio icónico, el referente espacial. Todo lo que nos habla sólo a nosotros y nos separa de los demás, de quienquiera que no es cubano de Cuba. Porque tenemos códigos tan cerrados, tan de Isla, que no dejan entrar ni a cubanos de Miami, ni a cubanos de New Jersey, ni a Cubanos de Madrid. Qué le queda entonces esperar al cubano de Finlandia o de Australia…

Otro escritor me dijo hoy que Cuba carece de la gravedad, o la visión en la distancia, o el largo aliento para producir ese tipo de literatura, porque el trópico nos drena, por eso Cuba da buenos cuentistas y poetas.

Pero no me acaba de cerrar la hipótesis. Hace aguas cuando recuerdo la novela del colombiano que no recuerdo su nombre pero sí el título, Érase una vez el amor pero tuve que matarlo. Y colombiano no cachaco, sino costeño, tan atrapado por el calor como nosotros. O La Muerte de Artemio Cruz, o Aura, de Fuentes. No creo que Fuentes se estuviera congelando en México.

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Cirenaica Moreira

Mi teoría para explicarme por qué no tenemos la novela épica existencial es porque en Cuba no se tolera el dolor. Admitir el dolor. El dolor es de débiles, de flojos. Lo que hay detrás de la explicación del choteo que da Mañach es una alergia generacional al dolor. Por eso los cubanos podemos ser grandes cínicos, geniales manejando el doble sentido, jugando vivo, machacando en baja… Pero tan pronto alguien se pone serio y expone el dolor, todos nos anticipamos la risa, porque necesitamos desesperadamente que la tragedia se vuelva tragicomedia. En un libro de cuentos cubano un hombre decía a la mujer que amaba que “en Cuba no se podía decir te quiero”… Me gustaría saber si los cubanos podríamos tomar en serio un ciclo de psicoterapia freudiana.

Y para lograr escribir las grandes novelas al dolor hay que atraesarlo como a una tormenta, un ejercicio de apnea submarina. Hay que hundirse y respirarlo, de frente, sin escudarse en esquinas de humor negro o sardonismos.

Me pregunto si algo tiene que ver la oda nacional al choteo con tener un país con los más altos índices de suicidio, a niveles de los países nórdicos, a pesar de todo ese sol. En Cuba los hombres se ahorcan y las mujeres se dan candela, dice el refrán. Porque rumiamos el dolor sin enseñarlo a nadie, sin reconocer que está, y esperamos que se vaya por sí mismo, porque Dios nos libre de mostrar tamaña vulnerabilidad.

Y así nuestras grandes obras son sardónicas, juguetonas si bien oscuras, como Novás Calvo, Virgilio, Onelio Jorge Cardoso, Jesús Díaz, Reinaldo Arenas… Donde el dolor va por debajo, el dolor por el padre que abandona, por la madre que rechaza, por el amante que engaña, por la decepción hacia el ideal. El dolor se arrastra a hurtadillas, sobreentendido por quién lee pero jamás admitido por quien narra.

Claro que habrán excepciones. Pero Dulce María, Eliseo Diego, o Cirilo Villaverde tienen quizá mucho en sí de la madre España.

isabel-santosLa excepción más gigantesca es quizás en cine, Fernando Pérez. Pero incluso en él, el dolor está marcado por la muerte.

Como si la muerte fuese la única disculpa para sentir dolor, para traslucir el dolor.

Quizás es eso lo que más me irrita de momentos como el de ayer. Que por más que busco no encuentro el autor cubano que escriba para explicarme mi lugar en el mundo, y que destile la esencia de quiénes somos, desnudos de espacio y de madre patria. el autor que escriba La Montaña Mágica cubana.

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